¿Miedo a la soledad? by Rebeca Bañuelos (Beka Von Freeze) | | ACOSTA'S Kitchen

¿Miedo a la soledad? by Rebeca Bañuelos (Beka Von Freeze)

¡Holaaa!
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Hoy quiero hablaros de la soledad…
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Soledad. Ausencia. Vacío.

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(Esas lágrimas del alma que nos encharcan cuando nos sentimos rotos y tenemos miedo…)
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¿Por qué tenemos tanto miedo a la soledad?
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¿Por qué hay personas que encadenan unas relaciones con otras para no estar solos? ¿Por qué cuando se sienten rotos buscan desesperadamente alguien que llene sus días de luz?
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(¡Dame luz! ¡No quiero estar solaaa! ¡Necesito que me hagas brillar!)

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La soledad da miedo. Mucho. En algunos produce pánico. Un pánico impregnado de una profunda tristeza. Como persona que se ha sentido sola muchas veces, estando incluso acompañada, y ahora que estoy soltera con más motivo, sé lo que se siente.
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Sé lo que la soledad muestra.
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Sé que ese silencio perpetuo a veces taladra el corazón. Sé que muestra partes de uno mismo que no nos gusta ver o sentir. Sé que duele cuando el alma está malherida y está aprendiendo a amarse y valorarse todavía más después de la caída.
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¿Pero sabéis que me ha descubierto la soledad?
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La fuerza que se esconde en mi interior.
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Porque a pesar de estar sola no he muerto. Sigo aquí, de pie. Dispuesta a luchar. A pesar de todas las hostias recibidas, de todas las decepciones y traiciones, sigo aquí.
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Su silencio me ha enseñado a valorar los instantes que estoy en compañía de los míos: de mis amigos de verdad, de mi familia, de mi preciosa gatita y su ronroneo terapéutico.
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Su silencio me ha regalado la posibilidad de hacer un viaje interior hasta mi alma y quedarme allí las horas que a mí me diera la gana.
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Es difícil escuchar al corazón cuando lo que tiene para decir no nos gusta, pero también es adictivo. ¿Sabéis por qué? Porque son los latidos más certeros y directos que escuchamos en toda nuestra vida.
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Porque cuando estamos rodeados de gente o vivimos en pareja, cuando no tenemos tiempo de pensar entre el caos de las prisas y la rutina diaria acelerada, no nos percatamos de lo que valemos realmente, de lo que tenemos, de lo que carecemos. Nos damos cuenta cuando no tenemos nada, cuando todo se desmorona y llega ese temido silencio.
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Sin embargo, cuando estamos solos y gozamos de tiempo libre, el silencio de la soledad nos pone frente a frente con todo lo que somos y lo que nunca seremos. De ahí que no nos guste mucho esta amante fiel.
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La soledad es de esas amantes que nunca dice que no, que siempre está dispuesta a dar todo de sí y cuyo polvo te deja con temblor de piernas durante días.

Es muy difícil recuperarse tras el clímax. Porque te deja desnuda, con el corazón agitado y el alma revuelta en cenizas. Cenizas que se componen de miedos, complejos, traumas, sueños inacabados, fracasos, errores descomunales, fantasmas, caídas, levantadas, lágrimas derramadas.

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Y cuando te vistes, intentando quitarte el frío que sientes después del frenesí del revolcón, al mirarte en el espejo te das cuenta de que estás rota en un montón de pedacitos y que te toca maquillarte el alma, arreglarte otra vez, recomponerte.
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Te das cuenta de que te sientes un poco perdida, noqueada, que tienes un montón de cicatrices que duelen, que no eres perfecta, que te falta mucho para llegar a ser quien quieres ser.
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Pero su silencio también te muestra lo valiente que eres, lo bonita que eres tal y como eres, con todos tus miedos, tus imperfecciones y tus heridas.
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Te enseña que llevas una guerrera en las venas y que no importa lo ardua que sea la batalla, el camino a recorrer, ni los vaivenes de la vida que vengan a sacudirte, sino que lo que verdaderamente importa es como tú te enfrentas a todo ello.
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¿Y sabéis que me ha gritado la soledad?
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—¡Chica, tienes un par de ovarios bien puestos! Otra en tu lugar no dejaría de llorar.
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Todos los que decidimos luchar tenemos una fortaleza interior. Los cobardes también pero la llevan oculta.
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Y solo por mostrarnos lo que llevamos dentro, la soledad merece la pena vivirla de vez en cuando. Sentirla. Hacer el amor con ella hasta que nos embote los sentidos, hasta que nos deje temblorosos y al punto de la taquicardia.
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¡Pero cuidado! ¡Os lo aviso!
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Porque la soledad es adictiva. Y en el momento en el que nos acostumbramos a ella, aprendemos a distinguir lo que queremos y lo que no. Ya no nos valen los términos medios ni las falsas ilusiones. Llega un momento en el que te vuelves más exigente contigo mismo y por consecuencia mucho más exigente con los demás.
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Y de ahí que tengas muy claro lo que funcionará y lo que no. De ahí que nos volvamos más realistas y menos románticos. De ahí que todo cobre un matiz distinto.
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¡No le temáis a la soledad! Bailad con ella. Aunque de mucho vértigo sentirla en lo más profundo. Os ayudará a encontrar vuestro verdadero yo.

—¿Y si no me gusta lo que veo?
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Si no te gusta lo que te muestra es hora de empezar a cambiar. ¡Nunca es tarde para hacerlo!

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Autora: Rebeca Bañuelos (Beka Von Freeze)

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