Bocaditos. {¿Se os ha abierto el apetito?} | ACOSTA'S Kitchen

Bocadito del cuento Si belle la vie, si sanglante de Coco Acosta {Es tiempo de Halloween} +18

Estreno yo la sección Bocaditos porque me tenéis hasta el coño con lo de ¿cuándo vuelven tus post? ¡Joder! estoy trabajando en algo que hará que os corráis de gusto, tened un poco de paciencia.

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Lo del nombre de la sección tiene cojones, es gilipollesco. ¿Qué pasa? Ya sabéis que soy una puta perra mala, digo lo que me sale del coño y eso, eso os pone cachond@s… #lavidaesputaperoyolosoymás 

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Este es el único cuento escrito por mí en la antología Es tiempo de Halloween editada por ACOSTA ars y en la que colaboramos algunas de las chicas Acosta, la corrección la ha llevado a cabo Silvia Barbeito y las ilustraciones y cubiertas Nune Martínez. Si belle la vie, si sanglante es un cuento lésbico, vampírico y #pornoso, si sois frígidos o gilipollas id a leer algo de Jane Austen y no me deis por el culo que para eso ya tengo maromos disponibles y amaestrados. 

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Se acabaron las explicaciones. Aquí tenéis un pedazo de Si belle la vie si sanglante:

 

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31 de octubre de 1990, Nueva Orleans, Lousiana

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Todos aquellos ojos mirándola, traspasándola. El olor ocre de la cocaína se mezclaba con el del sudor, del humo del tabaco y del semen. El hada verde revoloteaba en los vasos y jugueteaba con las llamaradas al prenderse el azúcar que caía en el verdor de la absenta.

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Cosette encogió los hombros y dejó que por ellos se escurriera la bata de seda negra. Suspiró con suavidad, al igual que lo hizo la prenda al caer a sus pies. De sus labios maquillados como si hubiera besado a la más lúgubre de las tinieblas, surgió un tarareo. La desnudez de su pálida piel solo se rompía con el encaje del liguero pegado a sus muslos y sujeto a sus medias también negras. Caminó por la plataforma del escenario formada por tableros de ouija y taconeó sobre los altos zapatos al ritmo de Ich Tu Dir Weh1. La cama redonda en el centro del escenario la aguardaba entre pliegues de tisú.

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Noche tras noche, el mismo festín compuesto por cuerpos desnudos, sexo, alcohol y cellisca narcótica. La Maison de Lilith2 se alzaba majestuosa y sombría al norte de la ciudad de Nueva Orleans y a escasa distancia del encantado pantano de Manchac. En ella se reunía lo más noble de la sociedad de antaño y de ahora. Distintas generaciones, dispares épocas, unidas en un único lugar y siempre llegados con el crepúsculo. Los ojos titilantes en escala de rojo fulgente y la frialdad de la piel distinguían a los no muertos de los vivos.

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Cosette hundió las manos en su rubia melena ondulada, por encima de los hombros. El movimiento hizo que sus tetas, pequeñas y empitonadas, danzaran. Balanceó con suavidad sus caderas, que no eran ni muy anchas ni muy enjutas. El vello dorado, en parte rasurado, de su monte de Venus apuntaba en flecha a los tiernos y rosados pliegues. Con la cama tras de sí, llevó su cuerpo hasta ella. Se tumbó con las piernas cerradas, y tan juntas que al alzarlas en el aire sus nalgas formaron un perfecto corazón.

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Tal y como si hubieran lanzado un pedazo de carne al escenario, todas las miradas se centraron en la dhampiro. El hambre por la sangre caliente disparó un gruñido que se extendió por la sala como un aleteo, restando importancia a los bailarines de pole dance que danzaban en los otros escenarios a lo largo del amplio salón.

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Cosette debía su nombre al del personaje de la novela Les Misérables, de Victor Hugo, y, al igual que a este, la vida no la había tratado bien, aunque quizás tarde o temprano arribaría un alma bondadosa para exorcizar todo aquel mal con el que convivía y del que formaba parte. De momento, no había escapatoria, solo conformidad, rutina. Su propia naturaleza la hacía prisionera. Separó las piernas, abriéndolas en el aire; su coño, pequeño y rosado, quedó a la vista. Clavó los tacones en la cama y aupó las caderas, moviéndolas, cadenciosa. Giró para colocarse a cuatro patas sobre el colchón, separó un tanto las rodillas y encorvó la espalda, poniendo el culo en pompa. Las nalgas se entreabrieron mostrando de nuevo su coño chiquito, y, entre las pompas, el estriado ano.

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«Al verte es como si fueran capaces de contemplar de nuevo el sol», habló una voz femenina de timbre mudable en el interior de la cabeza de Cosette por primera vez. Y era por primera vez, ya que su condición de dhampiro la hacía inmune a ciertos poderes que los vampiros poseían, como la telepatía.

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Durante un segundo, Cosette no hizo nada, ni parpadeó. La voz la hizo evocar el sueño que había tenido de manera repetitiva las últimas semanas, en el que veía a una mujer cerca de los cuarenta, de pelo castaño oscuro, que corría por lo que parecía ser un laberinto de setos; la cola del vestido se abría y volaba tras ella como si se tratara de alas. Ella, en plena carrera, miraba hacia atrás, pero cada vez que Cosette trataba de recordar sus facciones se difuminaban, y el olor a jazmín la saturaba.

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«Moineau»3, runruneó, vibrante.

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Una de las pocas cosas prohibidas en La Maison de Lilith era que los clientes entablaran conversaciones psíquicas con los trabajadores. No se aceptaba ningún tipo de manipulación y, de haberla, se rendían cuentas ante el propio Zozo, y no era un tipo amigable. Sus ojos opacos y blancos, junto al persistente olor a azufre, probaban que provenía del mismísimo infierno.

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Cosette se mordió el labio inferior y cerró los ojos; la voz ejercía de acelerante del deseo, alimentando una excitación que le llenaba el útero. Apretó los muslos, disfrutando de la pegajosa excitación que se escurrió fuera de su coño, abrillantándole los finos labios vaginales. Bajó el pecho hasta rozar con él el colchón y sintió la seda cosquillearle los pezones. Una de sus manos, sin remedio, fue al encuentro de la palpitación que le quemaba entre los muslos.

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«Separa los labios y muéstrales tu coño, muéstrales cuán caliente puedo llegar a ponerte».

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Cosette gimió, obedeciendo. Las yemas de sus dedos se encargaron de abrir los jugosos labios de su sexo. En respuesta, su coño liberó un chorro de crema, cristalino y abundante, que se mantuvo conectado a la entrada de la vagina hasta que goteó en las sábanas.

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«Très bien4, moineau —murmuró de manera cálida—. Ahora, estira la mano, deja que tus dedos encuentren el dildo y date la vuelta».

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Como una autómata, hizo lo que se le dijo. Estiró la mano, agarró el dildo, pesado y de cristal, y se dio la vuelta. Quedó panza arriba y semiincorporada en la cama, con las piernas abiertas y el vientre trémulo. El falo en su mano era transparente, salvo por las vetas de cristal reforzado que simulaban las venas que recorrían la largura de la polla, coronada por un ancho y dilatado prepucio. Cosette aplanó los pies en el colchón, asegurándolos entre las sábanas para que no le resbalaran.

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«Lámelo, empápalo bien de saliva, moineau».

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Cosette miró fijamente el dildo en su mano; su cuerpo se adelantaba a la sensación de tenerlo dentro, pues su útero se contrajo y su clítoris se engrosó, palpitando ansioso. Reunió saliva en la boca y la escupió encima del grueso prepucio. La baba escurrió a lo largo del consolador, mojándole los dedos que lo sostenían, y no contenta con ello, aproximó el dildo a su boca y lo rodeó con los labios, permitiendo que por las comisuras de estos regara algo más de saliva.

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«Bonne fille5… —pronunció la voz en su cabeza con una ligera risa socarrona—. Ahora quiero que lleves el dildo a tu coño y metas solo la punta de él dentro de ti. —Y para remarcar lo dicho, insistió—: Solo la punta, moineau».

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Cosette, fijando la azulada mirada en su monte de Venus, dirigió el consolador a su sexo. Paseó la punta, el glande del dildo por sus labios sin que se lo indicara la voz, aunque antes de que le reprochara por ello, apuntó a la llorosa apertura de su coño. No contuvo el gemido, lo dejó salir de su boca al cargar contra el pequeño orificio.

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«Empújalo dentro, moineau —indicó casi en un deletreo. Acompañaba cada palabra con los movimientos de Cosette al introducir la bulbosa cabeza del dildo entre los cremosos pliegues, que gorgotearon como agradecimiento—. Siente cómo poco a poco te llena, cómo las paredes de tu coñito ceden».

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El gemido metamorfoseó en un gruñido largo y pasional al insertar todo el glande en el interior de su coño. Yendo una vez más por su cuenta, Cosette se recostó un tanto más en la cama y alzó la mano apoyada en el colchón para escupir sobre sus dedos. Condujo estos a su sexo y lubricó alrededor de la hendidura penetrada por el dildo.

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«Mételo más, más…, hasta el fondo», le indicó al ritmo que el consolador entraba, profundizaba en el ceñido coño.

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Cosette jadeó. Los parpados le titilaban sobre los ojos, bombardeando sus retinas de luz y oscuridad. Balanceó la pelvis para acompañar la entrada del dildo. Todas y cada una de sus terminaciones nerviosas chisporroteaban, excitadas. El cerebro se le estaba llenando de humo. Transcurrieron pocos segundos desde que la polla llegó a la mitad del femenino canal hasta que el glande cosquilleó el sensible cérvix. El consolador, hecho de frío cristal, se calentaba con el calor interior del cuerpo de ella y se embadurnaba de los fluidos que su sexo iba segregando.

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«No te muevas ahora, quédate quieta», ordenó, adelantándose a que Cosette pudiera hacer otra cosa que no fuera lo que acababa de mandarle.

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Ella gimió, dolorida; su cuerpo le rogaba que empezara a embestir su martirizado coño con la vidriada y resbaladiza polla para saciar el hambre que lo atormentaba. Ahora el dildo ya estaba dentro, bien dentro. Cosette forzó los parpados y formó una «o» con los labios. Sus mejillas estaban prendidas en rubor y una ligera sudoración le perlaba las sienes, mojándole el rubio cabello.

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«Apriétalo, apriétalo dentro de ti».

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El sonido acuoso y carnal del consolador al ser absorbido por las musculosas paredes estaba sacando a más de uno de sus casillas en el gran salón, provocando que el equipo de seguridad de La Maison de Lilith tuviera que hacer acto de presencia fuera de sus puestos en las sombras. Los dedos de Cosette que sujetaban el consolador se pegaban entre sí a causa de toda la crema que su relleno sexo filtraba por la invadida vagina. Los pechos, tan pequeños y dulces, desafiaban la gravedad, y sus erectos pezones rasgaban el cargado aire que en aquellos mismos instantes solo olía a deseo.

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«Tu coño lo succiona, lo oprime. ¿Lo oyes gorjear? Tiene tanta hambre, moineau», dijo, manteniendo el control sobre su propia excitación, que le engrosaba la voz.

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Cosette hizo fuerza con las rodillas para obligarlas a no oscilar. Las plantas de sus pies se blanquearon al ejercer tanta presión sobre el colchón para no deslizarse por el negro tisú, que había sido mancillado por el persistente chorreo de su coño.

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«Ahora déjales ver cómo te follas, cómo tú misma te jodes».

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Ella jadeó, agradecida. La mano con la que había estado embistiendo el dildo en el interior de su coño debió oír algún tipo de pistoletazo de salida, pues sin perder tiempo aseguró los dedos en el final del consolador y comenzó a arremeter en el interior del musculoso canal. La mano que había permanecido en la cama fue en busca de sus pechos y acarició el primero con toda la palma. A continuación, apretó dos dedos en el pezón, pellizcándolo con saña.

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«Eso es, sigue», alentó entre el coro de gemidos y jadeos por parte de Cosette. El ávido coño de ella engullía tan ruidosamente el dildo que la musicalidad húmeda de los pliegues restallaba en la sala. De tanto en tanto, algún que otro fino chorro de crema surgía a presión entre los pliegues e iba a parar, cómo no, a las negruzcas sábanas.

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Cosette metía y sacaba el consolador a un ritmo que rozaba el frenesí. El glande aporreaba violenta y eróticamente su cérvix para, a continuación, retroceder, estimulando el sensible canal vaginal. Con un hábil y diestro movimiento rotó un tanto el falo y lo arrastró hacia fuera del musculoso canal. El coño empantanado protestó en respuesta.

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«J‘ai à l’esprit, pour vous, un destin très exquis6», murmulló, sabiendo que Cosette no la entendería.

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—Me voy a correr —gimoteó Cosette, paladeando el orgasmo. La combinación de placer y dolor, todo en uno, se gestaba en su matriz y rasgaba su dilatado clítoris. Hincó las uñas en su excitado pezón para después jalar de él. Más roja que la grana, abrió los ojos con los que no vio nada más que miles de lucecillas blanquecinas. El clímax se agrupaba en su interior, en lo más hondo de su sexo, ronroneando por cada uno de los frenéticos embates del dildo machacando el afanoso coño.

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«No, todavía no, moineau —susurró—. Déjales disfrutar un poco más de ti, pues esta va a ser la última vez que puedan hacerlo».

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1 Canción de Rammstein para el álbum Liebe ist für alle da.

2 (Fr) La casa de Lilith.

3 (Fr) Gorrión.

4 (Fr) Muy bien.

5 (Fr) Buena chica.

6 (Fr) Tengo en mente para ti un destino tan exquisito.

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Si queréis leerlo entero lo tenéis disponible en Amazon y Kobo. Pronto llega a iTunes, Barnes & Noble, Google Play y en papel. Si lo queréis en otras plataformas comentadlo aquí abajo. 

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Echadme de menos…

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Hembra Homo Sapiens aproximándose a los treinta. Cum laude en Abrazos de Cleopatra y autodoctorada en sexo tántrico. Poseedora de poca finura y casi incapaz de seguir al pie de la letra la receta que viene detrás de un simplón sobre de sopa pero avezada en la compra de sushi para Nyotaimori. Coleccionista de orgasmos y condones de sabores extravagantes como whisky, beicon o café.
Categories: Sello Editorial Bocaditos

2 Comments so far:

  1. Hola! Voy a compartirlo porque ahora mismo no puedo leerlo y me encanta tu pluma ácida jajaja más tarde lo miro bien y no creas que no he mirado ya lo de los relatos de halloween, muy pronto me haré con el, bona nit guapísima. Un beso

  2. Elena Argentó Balduz dice:

    Coco me has dejado con ganas de mas!!!! me voy de cabeza a kobo a comprarlo 😉 muackkk

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