Bocadito del cuento Una Navidad con McNamara +18 de Andrea Acosta {Una Navidad con ACOSTA ars} | ACOSTA'S Kitchen

Bocadito del cuento Una Navidad con McNamara +18 de Andrea Acosta {Una Navidad con ACOSTA ars}

Ya estoy aquí y os traigo un bocadito de mi cuento Una Navidad con McNamara para el especial navideño Una Navidad con ACOSTA ars (Segunda edición). 

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En este especial navideño encontraréis seis cuentos (tres firmados por #mímismamismamenteyo y otros tres por Helena Acosta). Algunos de estos cuentos están cargados de erotismo y otros llenos de romance. Junto a ellos seis recetas fantásticas las cuales iremos colgando aquí, en la web. Las cubiertas y maquetación de esta antología son de Nune Martínez y el texto ha sido revisado por Silvia Barbeito. 

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Si no os gusta el género BDSM dejad de leer aquí mismo.

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De no ser ese el caso… Adelante con el cuento…

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{Cuento vinculado con la novela MONSTER NUEVA EDICIÓN}

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Santa baby1 sonaba en la minicadena del salón. Sobre la alfombra afgana y arropadas al calor de la chimenea, las niñas metían las manitas en la caja de decoración navideña de la que sacaban los últimos adornos. El abeto que la tarde anterior les habían llevado el sheriff y su ayudante, y que habían colocado en mitad de la estancia, estaba a medio decorar, pues el árbol tenía tal tamaño que no había suficientes bolas, lazos y candy canes para engalanarlo todo.

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Max, con un ojo abierto y el otro sepultado por el párpado, resopló, y se puso en pie para ir a tumbarse frente a la chimenea, y de aquel modo evitar que cualquiera de las dos pequeñas le pusiera algo en la cabeza de nuevo. ¡Él sí que no estaba ahí para que lo adornaran!

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Ashley, que llevaba un jersey de punto color crema que hacía las veces de vestido y unas mallas negras, continuaba deshaciendo los nudos en la cadena de luces que poco después iluminaría su particular árbol de Navidad Rockefeller. Las niñas le habían dicho a su padre que querían el árbol más grande que pudiera encontrar, y Nathaniel McNamara, cómo no, hizo eso mismo: llevó el abeto más enorme, ya no de toda Fe, sino de todo el estado de Texas. Tan grande era que Ashley temió que se llevaran la puerta por delante al entrarlo.

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Natasha ayudó a Gabriela a ponerse en pie y con ella cogida de la mano caminó hasta el árbol para indicarle dónde poner el lacito. La niña de seis años tenía más que clara su personalidad y Gabriela, de cuatro y medio, la seguía allá donde fuera.

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Ashley, con la cadena de luces entre las manos, sonrió al ver a las niñas estirando el cuello y alzando las oscuras cabecitas para mirar hasta la copa del abeto aún carente de estrella. Natty, como únicamente la llamaba su padre, había salido a él; la esencia de McNamara estaba concentrada en aquella niña que ahora hacía bailar su mano con la de su hermana, Gabriela.

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—Después podríamos a ir Merry’s y quizás papá pueda venir —les dijo Ashley fijándose esta vez en Gabriela que soltó la mano de Natasha y corrió hacia ella—. Cuando vuelva, ¿se lo preguntáis? —comentó sonriendo mientras detenía a la niña y le estiraba la falda sobre los gruesos leotardos.

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—¡En Merry’s venden rainbow candy canes! —exclamó Gabriela, brincando emocionada mientras su madre trataba de arreglarle la arrugada falda del vestido.

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—Ya tenemos candy canes —respondió Natasha, y caminó hasta ellas pasando sus manos por el corto caudal de su pelo. El Bob enmarcaba sus bonitas facciones y hacía lucir aún más si cabía el tono verde de sus grandes ojos.

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—¡Pero no de esos! —protestó Gabriela, poniéndose nerviosa y apoyándose en los hombros maternos, haciendo un muy bien aprendido puchero que siempre, siempre funcionaba con su padre.

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—Bueno, podríamos comprar de los rainbow y así en el árbol habrá de dos tipos —explicó Ashley, acariciando el largo cabello negro que ya llegaba a las caderas de Gabriela.

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—¡Es que se verá diferente! —se indignó Natasha, arrugando la pequeña nariz. Eran las diez de la mañana del sábado y ella ya estaba enfurruñada. Con razón en casa la llamaban Miss grumpy2.

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—¿Y qué hay de malo en eso? —le preguntó Ashley, mirándola al tiempo que Gabriela dejaba de apoyarse en sus hombros y batía palmas dando brincos sobre la alfombra.

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—Pues que a mí me gusta así, solo con esos candy canes —sentenció Natasha, dando a entender que no iba a prestarse a discusión alguna, y eso que aún no levantaba tres palmos del suelo.

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—Las cosas no siempre pueden ser como tú quieres, cariño —le respondió Ashley a Natasha, empujándola hacia sí por el dobladillo de la blusa a cuadros tipo Woodcutter’s rock!3

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Natasha resopló mirando a su madre y después a Gabriela.

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—Nunca son como yo quiero —mintió, descarada.

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Max se estiró sobre sus cuatro patas y se puso en pie, meneando el rabo. El sonido del motor del coche del sheriff le indicaba que este ya estaba aquí. Gabriela empujó con las manitas los hombros de Ashley y brincó tras Natasha y Max, marchando al recibidor.

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Nathaniel McNamara hizo su aparición, cerró la puerta de la casa tras de sí con un pie y levantó la bolsa de la compra que cargaba en la mano derecha.

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—Hola, princesa —saludó a Natty, que llegó primero y se atenazó a una de sus piernas—. Hola, princesa dos —dijo, cogiendo a Gabriela con su brazo libre y aupándola hasta su costado.

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Ashley se levantó de la alfombra y dejó las luces en el suelo. Lo pensó mejor y las recogió, poniéndolas sobre uno de los sofás. Sus gruesos calcetines de lana hacían ruido sobre la alfombra al caminar por ella.

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—¿Sabes una cosa, papá? ¿Sabes, sabes, sabes?

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Gabriela se agarró a la gruesa chaqueta de su padre y, comportándose como lo que era, toda una hiperactiva, le dijo de carrerilla:

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—¡Vamos a ir a Merry’s a comprar rainbow candy canes! ¿Vienes, vienes, vienes?

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—Ya tenemos candy canes —resolvió Natasha, cruzando las piernas en torno a la pantorrilla de su padre.

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—De los rainbow, no —dijo Gabriela mirando hacia abajo, a la koala que tenía por hermana, mientras abría la chaqueta de su padre y comenzaba a juguetear con la estrella del uniforme.

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Nathan alternó la mirada entre las niñas, primero a la que llevaba en brazos y luego a la que pendía de su pierna. ¡Ah!, y también miró a Max dando vueltas a su alrededor en una especie de ¡¿Y a mí no me dices nada?!

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—No necesitamos más candy canes —sentenció Natasha, templando una de sus mejillas al calor que desprendía la musculada pantorrilla.

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—¡No siempre pueden ser las cosas como tú quieres! —chilló Gabriela, roja como un tomate.

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—Gabi, no se grita —amonestó Nathan, negando con la cabeza ante el puchero de la pequeña. Miró esta vez a Natty, que se había descolgado de su pierna, y cruzada de brazos meneaba los piececitos en el suelo—. ¿Y tú, por qué no quieres comprar rainbow candy canes?

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—¡Porque no quedarán bien con los otros! —protestó Natasha, estirando los brazos a los lados de su cuerpo y cerrando sus puños. Levantó la cabeza y crispó la nariz aguantándole la mirada a su padre.

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—Natty, el árbol quedará bien con lo que le pongáis —explicó Nathan, pausado y sin dejar de mirarla. De hecho, exceptuando a Alexis, su propia hija era la única persona capaz de aguantarle la mirada—. Además, tu hermana es…

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—Pequeña y tengo que cuidar de ella… —recitó Natasha, desviando, esta vez sí, la mirada para ponerla en sus pies. Resopló, cruzándose de brazos como si su existencia fuera un martirio.

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—¿Y?… —Nathan la animó a continuar viendo por el rabillo del ojo a Ashley que se apoyaba en el marco de la puerta del salón.

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—No enfadarme por tonterías —resolló Natasha, sabiéndose de cabo a rabo la machacante consigna de su padre, «tu hermana es pequeña y tienes que cuidar de ella». Levantó la cabeza, deslió sus brazos y se echó el pelo hacia atrás.

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—Eso es —sonrió McNamara, inclinándose hacia delante para poder coger entre pulgar e índice el mentón de la niña, que no tardó en volver a colgarse de su pierna.

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Ashley se despegó del marco y se acercó a Nathan para ponerse de puntillas frente a él y darle un escueto beso, un simple aunque ruidoso choque de labios.

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—Nena, la señora Banks quiere hablar contigo. —Caminó o, mejor dicho, lo hizo a marchas forzadas con las niñas adheridas a él a modo de adorables lapas—. Me la he encontrado en la caja y me ha soltado que necesitaba hablar urgentemente contigo. Le he dicho que llamara a casa esta tarde.

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Nathan dejó la bolsa sobre la repisa de la cocina y besó la mejilla de Gabriela antes de bajarla al suelo. Ladeó la cabeza; el negro intenso que lucía antes en el cabello era ahora un azabache grisáceo—. Ayúdame con tu hermana —pidió, acariciando el mentón de Natty al soltarle la pierna.

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Ashley entró en la cocina.

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—¿La señora Banks?

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Cogió la chaqueta que le tendió Nathan, que quedó en uniforme de trabajo. Ella abrió la boca y la volvió a cerrar. Se fue a la entrada a colgar la chaqueta. Entonces sonaba Blue Christmas4 en la minicadena.

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—¿Por qué? —le preguntó, metiéndose de nuevo en la cocina mientras las niñas corrían detrás de Max.

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—¡Y yo que sé, nena! —soltó, él recogiendo la compra. McNamara encogió sus enormes hombros y comentó—: Solo me ha dicho que quiere hablar contigo.

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—Hablar conmigo… —murmuró Ashley, pensativa, pues la señora Banks no era precisamente un derroche de simpatía y buena educación; era más bien la típica cotilla malhablada.

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—Dices que… ¿llamará esta tarde?

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—Sí, sí —apuntó él, siguiendo la carrera de las niñas tras Max hasta que lo atraparon bajo la mesa—. Gabi, no tires de la cola de Max. Natty, tú ve a por vuestras chaquetas.

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—¿Vamos a la calle? —preguntó Gabriela, soltando la cola de Max pero yendo a por su cabeza. Esta vez la niña espachurró al perro, sujetándole la testa entre sus bracitos.

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—¿A la calle? —Ashley miró a las niñas, saliendo de debajo de la mesa y luego la hora en el reloj de la pared—… ¿Ahora?

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Antes de que pudiera añadir algo más, sonó el timbre.

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McNamara tiró la bolsa de papel cebolla a la basura, frotó las manos entre sí, y silbó a Max, que corrió hacia él escopeteado para recibir una rápida caricia entre sus orejas.

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—Ahora —asintió a Ashley con las niñas yendo a la carrera escaleras arriba. Pasó a su lado y fue a abrir la puerta—. Vaya, ya está aquí el treintañero —sonrió mientras se colgaba del marco de la entrada.

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Alexis se quitó las gafas de sol y torció la boca.

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—Muy gracioso —espetó, estirando las solapas de su chaqueta de cuero. Hacía un frío de mil demonios y todo y así, él se negaba a ponerse, a su parecer, un antiestético abrigo tipo plumón. Empujó con la brillante punta de su bota las hojas secas que habían volado al felpudo—. Lo vuestro está en los asientos traseros —dijo, dándole las llaves del coche.

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—Vamos, hombre, los treinta son una etapa maravillosa —se mofó Nathan, dejándole entrar en casa y cogiendo las llaves. Cerró la puerta y le dio dos palmaditas en la espalda.

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—Estás empezando a parecerte a Ophra —condenó Alexis, juntando sus manos frente al pecho para hacer crujir los nudillos—. Por cierto, el soplapollas que nos sustituye en Navidad es un auténtico capullo.

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—No nos sustituye, o mejor dicho, no me sustituye. Te recuerdo que yo soy el sheriff —señaló Nathan, divertido—. Ese gilipollas solo cumple con las normas de investigación nacionales y a nosotros nos viene de perlas haciéndolo en Navidad.

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En resumidas cuentas, aquel tipejo husmeaba en la documentación y hablaba con empleados de la comisaría para saber si sheriff y ayudante eran buenos profesionales.

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—¡Ho, ho, ho! Qué felicidad. —A Alexis le faltaba ponerse verde para que pudieran confundirlo con el Grinch—. Cojonudo, un soplapollas que comprueba si hacemos todo tal como deberíamos en este pueblo de mierda.

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—Fe es un sitio emocionante; lo de multar a los vecinos debe ponerte más cachondo que una redada de narcóticos en Chinatown —le dijo, evocando los viejos tiempos en los cuales las identificaciones de la CIA quemaban en sus bolsillos y lucían amarillas en sus chalecos antibalas—. Con respecto a los treinta, de verdad, Alexis, es una etapa maravillosa —se burló McNamara, y todo por la fobia gilipollesca que tenía Alexis a cumplir años.

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—¿Acabas de repetir «maravillosa»? Joder, macho, ¿desde cuándo esa palabra está en tu vocabulario? —escupió Alexis, mirando a Ashley en el pasillo a mitad de camino entre la cocina y el recibidor—. ¿Ya le ha entrado el alzheimer o qué? —cuestionó a la mujer, apuntando a Nathan con un cabeceo.

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Ashley alzó las manos en un «alto al fuego»; ella no quería entrar en una pelea propia de gallos y eso que Alexis y McNamara no estaban desbarbados, ni descrestados, ni acicalados a la usanza cubana. «No, nena, de ningún modo van a cantarte algo de pachanga».

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—Encima que trato de animarte como un buen amigo, ¿así me lo pagas? —añadió Nathan, haciéndose el dolido. Golpeó su hombro con el de Alexis.

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—Deja de cachondearte, Mac —refunfuñó Alexis, mirándole de reojo. Lo cierto era que eso de hacerse mayor no lo llevaba nada bien, aunque para muchos los treinta fuera el principio de todo. Sin embargo él había tenido que crecer tan rápido que los treinta le pesaban como si fueran sesenta. Llevó las gafas de sol a su cabeza y, ajustándolas en la rasurada cocotera, con el piercing de su lengua bailando contra el paladar masculló—: Y tú que ya rozas los cincuenta… —exageró sabiendo que McNamara acababa de plantarse en los cuarenta y cuatro. Alexis lo miró de arriba abajo y de nuevo arriba para pararse en la unión de los musculados muslos—. ¿Te sigues empalmando igual o necesitas el empujoncito de la pastillita azul?

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Nathan se rio, pero fue una de sus risas controladas e inyectadas de cinismo. Se encorvó hacia él y dijo con mordacidad:

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—¿Por qué no te pones a cuatro patas y lo compruebas?

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—Te gustaría, ¿verdad? —Alexis se cuadró delante de él. Nathan le superaba en altura solo por unos centímetros. Se lamió el reglón de dientes tono blanco nuclear y susurró—: Siempre he dicho que tenías una pintaza de Bear

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—¡Tío Alex! —Gabriela interrumpió el desafío entre contrincantes. Correteó por el pasillo y se paró en lo alto de las escaleras con los guantes, el gorro de lana y el abriguito puesto—. ¿Nos llevas a Merry’s?

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—¡Nena! —exclamó Alexis, cogiendo a Gabriela al vuelo al bajar esta las escaleras a toda velocidad y saltar tres escalones por encima del último. Él la apretó contra su pecho y cerró los ojos con el corazón luchando para no sufrir una parada.

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—No hagas eso, no lo hagas más —riñó McNamara, manteniendo la compostura y sin echarse a gritar como un auténtico energúmeno. Lo cierto era que las niñas habían contribuido mucho a que él aprendiera a controlar su genio.

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—Pero si el tío Alex siempre me coge… —dijo Gabriela tan tranquila, uniendo sus bracitos tras el cuello de Alexis.

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—Pues puede que un día no consiga hacerlo a tiempo y te caigas —respiró Nathan profundamente y soltó palabra a palabra muy despacito, entrecerrando los ojos a la vez que exhalaba. La miró de nuevo, y para hacer hincapié en lo dicho la cogió por la cara y le preguntó—: ¿Me has oído?

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Gabriela asintió con la cabecita cubierta por el gorrito de lana rosa chicle. Los grandes dedos paternos dejaron de sujetarla y ella pudo ladear la cabeza para mirar a su madre, que aún trataba de recuperarse tras su salto mortal.

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—Alexis se hace mayor, está perdiendo su excelente condición física. —Nathan sacó las llaves del todoterreno de su bolsillo y se las dio a Alexis, pues a fin de cuentas iban a ir más cómodos y, además, de esa forma no había que ir cambiando las sillitas de vehículo—. Cuidado con las alfombrillas.

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—Soplapo… —comenzó a decir Alexis, aunque miró a la niña entre sus brazos y tuvo que callarse. Cogió las llaves y las hizo saltar en la palma—. Lo tuyo con las alfombrillas es enfermizo.

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—Es cuestión de ser limpio… —dentelleó McNamara, asegurando el gorrito en la cabeza de Gabriela y alisando con los dedos el largo del cabello.

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—¿Nos llevas a Merry’s o no? —insistió Gabriela, bajando las gafas de la cabeza de Alexis para dejárselas puestas. Se miró en el reflejo de las mismas y rio.

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—¿A Merry’s? —masculló Alexis, buscando la tienda en el plano de su mente; él no era de GPS.

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—Tenemos que comprar rainbow candy canes —aplaudió Gabriela con una sonrisa iluminando su cara. En su boca faltaba un incisivo inferior. Hacía nada que se le había caído y le quedaba un hueco la mar de gracioso.

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Natasha se había puesto sus botas negras hasta las rodillas. Por eso la tardanza, pues tenía que tumbarse en el suelo, pasarse la bota por el pie, levantar la pierna y estirar de la bota hacia abajo para que se encajara, pasando por el pie y hasta la rodilla para luego ajustarla, cerrar la cremallera y repetir la operación con el otro pie. Saludó con una mano a Alexis y bajó las escaleras con su gorrito de lana naranja en la mano.

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—Claro, muñeca —asintió Alexis, depositando un beso en la pequeña nariz. Él nunca se había planteado tener hijos; sin embargo aquellas niñas le traían de cabeza—. Os llevo…

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—¡Hasta el infinito y más allá! —gritó Gabriela levantando las manos en el aire y agitándolas.

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Alexis rio, mirándola. A Gabriela se le había quedado grabada aquella frase de la película Toy Story y no es que él tuviera mucho de Buzz Lightyear, pero aun así tuvo que repetir:

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—Hasta el infinito y más allá. —Ofreció su mano a Natasha y cuando la manita se agarró a la suya, él la apretó con suavidad.

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Ashley fue hasta la puerta y cuando las niñas le dijeron adiós con la mano, no pudo evitar soltar:

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—Por favor, que Gabriela no pruebe azúcar. —Sencillamente, se ponía insoportable, a Ashley le recordaba a La Hormiga Atómica—. Nada de gaseosas, caramelos o…

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—Como siempre, nada de azúcar —asintió Alexis, subiendo a Gabriela al todoterreno de McNamara y sentándola en la sillita mientras Natasha ya lo hacía por su cuenta. Levantó la cabeza y miró a Ashley, allí con aquella cara de pánico absoluto que siempre se le quedaba cuando no era ella quien se llevaba a las niñas. «Mamá gallina».

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—Natasha tiene que llevar el gorrito quiera o no quiera. ¡Ah! Y que le cubra bien las orejas, porque si no volvemos a la espiral de otitis y…

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—¡Lo sé! Los números de móvil, de casa; el grupo sanguíneo de Natasha es 0+ y el de Gabriela 0−, y además es alérgica al paracetamol… —enumeró Alexis con Nathan riéndose parado detrás de Ashley.

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«Siempre igual, la misma, repetitiva y jodida canción».

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—Y… —Ashley se mordió el labio inferior, se olvidaba de algo, puede que el apretado moño que llevaba no dejara que su ritmo cerebral funcionara con normalidad.

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—¿Sobre las tres? —preguntó McNamara con las manos sobre los hombros de Ashley, y ante el asentimiento de Alexis él apartó a su mujer de la puerta y la cerró apoyándose en ella—. ¿Les ha pasado algo alguna vez?

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—No, pero es que… —Ashley bajó la rubia cabeza y jugueteó con la alianza en su dedo. Ella se fiaba de Alexis tanto como de Nathan, pero no dejaba de tener el instinto materno por las nubes «¡Dichosas hormonas!»—… Aún son pequeñas —suspiró con el sonido del todoterreno en marcha superando el de la música de la minicadena.

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—¿Y qué haremos cuando crezcan y…? —Lo pensó mejor—. No, no hablemos de eso. —Nathan era capaz de hacerse de la National Rifle Association y liarse a tiros con todo el que se les acercara cuando sus niñas tuvieran edad de merecer—. Voy al coche de Alexis, ahora vuelvo.

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Ashley le vio salir de casa, ignorar el coche de sheriff y abrir el de Alexis aparcado al lado.

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—¿Qué es eso? —preguntó con Max sentándose entre sus piernas en una burda petición de «¡Raspitas, por favor!».

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—Nuestros regalos de Navidad —respondió McNamara, cerrando el coche y caminando con cuatro grandes cajas en las manos. Escupió el lazo rojo que se le había metido en la boca y cerró la puerta con un suave puntapié—. Esconde los de las niñas y abre el tuyo; yo abriré el mío en el despacho.

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—Es verdad… Alexis nunca se queda para Navidad. —Ashley cargó con los paquetes y le miró frunciendo las cejas—. ¿En el despacho?

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—Eso he dicho, nena. Te quiero ahí en diez minutos —ordenó mientras miraba la hora en el reloj de pulsera—. Y el tiempo empieza a contar ya. —Nathan sonrió al verla marchar veloz escaleras arriba, y él… él se encaminó al «despacho», la habitación cerrada en el garaje donde nunca se podía entrar. Bien, eso les había dicho a las niñas, y para asegurarse cerraba la puerta con llave.

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Año tras año, Alexis les regalaba una caja a cada uno y esta… esta no contenía una pareja de calcetines o un perfume, contenía la perversión navideña que tocara en la diabólica mente de Alexis, oh, le male malicieux! Ashley escondió los regalos de las niñas en el altillo del armario de su dormitorio, detrás de las mantas extra. Ella, al haber dejado su regalo sobre la cama para poder guardar los de las niñas, tuvo que inclinarse sobre el colchón para recogerlo; su pulso aumentando «y el tiempo corriendo…».

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McNamara metió a Max en la cocina y entró en el garaje, sacó el juego de llaves de su bolsillo y abrió la puerta del despacho.

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La luz se hizo en un parpadeo de fluorescentes. El despacho, un amplio cuarto de paredes negras, albergaba una mesa con una silla forrada en cuero, un potro, una cruz de San Andrés y una cama redonda vestida de sábanas de vinilo. Había también una estantería con muchos, muchos estantes repletos de «material de trabajo…». Fustas, látigos, plugs, dildos, esposas, huevos vibratorios y ¡hasta un I Rub my Duckie!

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Ashley fue al baño contiguo al dormitorio, donde se soltó el moño y su voluminosa y brillante melena de tonos rubios cayó sobre sus hombros. Se miró en el reflejo del espejo, pasando las palmas de las manos por el terciopelo verde del vestido. Las aberturas en el escote dejaban fuera la redondez de sus pechos, pechos que el frío mordió. Llevó sus manos hasta las caderas y de allí tiró con suavidad de la falda que apenas cubría sus nalgas. Gimió con antelación, con la antelación de las grandes y poderosas manos de su Señor usando su cuerpo a su antojo. Las medias a rayas blancas y rojas se aferraban a sus muslos y lamían sus talones a la vez que los altos tacones la obligaban a adoptar una postura recta y firme.

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Nathan dispuso su caja sobre la mesa y deshizo el gran lazo rojo que la abrazaba, la destapó y ojeó dentro. Sobre una cama de papel de cera tono sangre había una tarjeta escrita a mano que rezaba: «Santa, please come…», leyó con una sonrisa que tomaba posesión de su boca. Giró la tarjeta entre sus dedos y miró la elegante firma de Alexis. Dejó la tapa de la caja y la tarjeta sobre la mesa, sacó y desdobló el papel de cera descubriendo una fusta customizada para que pareciera un candy cane, la cogió y la tanteó, recorriendo la batuta hasta acariciar la lengüeta de cuero. Volviendo su atención a la caja encontró pinzas individuales, brillantes y metálicas aunque con un aplique de…

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«Solo a ti se te podía ocurrir, Alex», pensó Nathan levantando una de ellas para mirar la pequeña bola de adorno. Rio colocándola al lado de su hermana y descubrió el último regalo, lo levantó de su cama carmesí.

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Shibari wand—susurró, recordando la bien llamada varita mágica. Hacía años, años que no veía y mucho menos utilizaba una de aquellas maravillas.

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Ella se colgó su collar, el collar que lucía siempre para estas ocasiones desde la última vez que Nathan se lo había puesto, tiempo atrás. Sus manos viajaron desde el cuello hacia el pecho sobre las anillas que lo componían. De nuevo, Ashley miró su reflejo, allí parada y con aquel atuendo nada apto para una cena de gala. Rescató del fondo de la caja el gorrito rojo con borla blanca y se lo puso. «Una mujer nunca debe salir sin complementos».

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Dispuso la fusta, las pinzas y la varita sobre «la mesa de trabajo». McNamara se quitó el jersey y desabrochó la camisa para desnudar su pecho. El oro del aro en su pezón izquierdo brilló a la luz de los fluorescentes al igual que la cruz que pendía de la cadena en su cuello. Se descalzó y se quedó en pantalones, aunque lo pensó bien y se quitó también el cinturón colgándolo de la esquina de la mesa.

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Ashley abrió la puerta del baño, salió al dormitorio y de allí al pasillo. Bajó las escaleras mientras oía su pulso latir en el centro de su cerebro y bajar hasta su vientre, y de este a su entrepierna para luego reptar finalmente a su matriz. El corazón le brincó en el pecho y le golpeó las costillas al bajar el último escalón…

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Al oír el repiqueteo de los tacones acercándose, Nathan giró lentamente sobre sus pies y con la fusta en la mano izquierda esperó a que la mujer apareciera en el umbral de la puerta.

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—Colócate en el centro para que pueda verte bien —ordenó ante la femenina y navideña aparición que nada tenía que ver con la visita del fantasma de las navidades pasadas, el de las navidades presentes o futuras; no obstante McNamara sí tenía algo de Mr. Scrooge.

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—Sí, Señor —respondió Ashley en un susurro, acatando la orden. Tragó saliva con las palmas de las manos apoyadas en las aberturas que tenía el vestido justo en los pechos, cubriéndolos de ese modo. En el centro de la estancia, y bajo la luz de los fluorescentes, sus rodillas se volvieron blandas como el christmas pudding y su excitación subió rabiosa como lo haría la llama al flambear el dulce.

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—He dicho que quiero verte —espetó McNamara golpeando con la fusta la mano derecha de Ashley y luego la izquierda, haciendo que la mujer las retirara dejando los brazos laxos a los costados. Los pechos, generosos y blancos salvo por la areola y los pezones de un rico tono rosado le fueron brindados—. Mucho mejor —asintió Nathan, que torció ligeramente la cabeza para pasar la lengüeta de cuero por el valle entre los senos.

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Los ojos le brillaron húmedos por los golpes de la fusta que enrojecieron sus nudillos como el infierno. Ashley tembló, tembló con el cuero lamiendo ahora la redondez de uno de sus pechos y… ¡Zas!, sin esperarlo recibió un fuerte azote sobre la areola. El doloroso placer se expandió a su pezón y lo hizo enderezarse en marcial saludo.

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—Calla, calla… —chistó él tras el chillido de Ashley—. No ha sido para tanto —arrulló con el tono barítono de su voz, haciendo girar la lengua de cuero sobre la zona golpeada.

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Inspiró con suavidad. El olor que Nathan desprendía era tan intenso y embriagador, tan adictivo para Ashley, que ella temía quedarse sin su dosis, sin su dolorosa dosis de él. Era una yonqui consumada y desesperada por un lacerante chute de McNamara.

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—¿Vamos otra vez? —le preguntó Nathan, conduciendo la fusta sobre la carretera de blanca piel. Los ojos chocolate de la mujer se posaron sobre él, sobre sus ojazos verdes… Golpeó el pálido pecho que se irritó incluso antes de que levantara la lengüeta y lo contempló al bambolearse.

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Ashley se tragó la mitad del grito, solo la mitad, y abrió los ojos como platos pues el dolor irradió hasta su esternón. Si le preguntaran, pobre de ella, no sabría responder por qué era capaz de mantenerse en pie, por qué continuaba sobre la vertiginosa altura de los tacones.

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McNamara la asió por la barbilla y le clavó los dedos en la mandíbula, movió la nariz sobre la sien, descendió por el pómulo, y bajó… bajó hasta los regordetes labios.

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—¿Qué es lo que quiero oír? —Esta vez le cuestionó poniendo la fusta sobre una de las piernas de ella.

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—Te quiero, Señor —masculló a la vez que se veía reflejada en la profundidad verdosa de los ojos de él. Ashley chilló por el impacto de la fusta en su muslo—. ¡Te quiero tanto que duele!

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El dulce tormento fue tal que de no ser por el cuerpo de McNamara haciendo de retén, ella se hubiera caído de bruces.

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—No te he oído —susurró, besando la primera lágrima que regó por la femenina mejilla. Nathan frotó la lengua de cuero sobre la piel, que lucía un color rojo llameante—. ¿Qué has dicho? —le preguntó antes de asestar un nuevo golpe sobre la zona lacerada.

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1Canción navideña de Joan Javits, Philip y Tony Springer, que ha sido multiversionada.

2(In) Señorita enfurruñada, señorita cascarrabias.

3(In) ¡Los leñadores molan! Hace referencia al típico estampado de cuadros rojos que visten los leñadores estadounidenses.

4♫ Canción navideña escrita por Billy Hayers y Jay W. Johnson y famosa al ser interpretada por Elvis Presley.

5(Fr) ¡Oh, el macho malicioso!

6(In) Santa por favor córrete…

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A veces sobra el papel y  basta con un buen lazo para adornar un precioso regalo, ¿no creéis?

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Directora editorial de ACOSTA ars. Escritora del best seller "No me dejes ser tu héroe". Chef que no acabó de cocinarse, aunque quien sabe... ¿Quién dijo de este agua no beberé?. Foodie empedernida, superviviente de la anorexia, madre de un futuro rompecorazones y adicta confesa a los zapatos.
Categories: Sello Editorial Bocaditos

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