Bocadito del cuento Una muñeca para el Amo de Andrea Acosta {Una Navidad con ACOSTA ars}

Cuarto bocado del cuarto cuento de Una Navidad con ACOSTA ars. (Estoy muy pesadita con los cuartos, será que me estoy preparando para las campanadas).

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Hoy le toca el turno a mi niño bonito, Alexis… ¡Antes! debo deciros que esta antología ha sido revisada por Silvia Barbeito y las ilustraciones y cubiertas son de Nune Martínez.

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Una muñeca para el Amo no es para mentes “sensibles”, si no os gusta el BDSM dejad de leer aquí.

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Vamos allá con el cuento:

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{ Cuento vinculado con la novela MONSTER NUEVA EDICIÓN}

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Navidad en la Gran Manzana, en la ciudad que nunca duerme, que era tal y como mostraban las películas hollywoodienses, llena de luz, color y Santas en cada esquina agitando las tintineantes campanitas doradas…

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Alexis apenas podía creer que aquel mismo año hubiera llevado a sus sobrinas putativas a disfrutar de la impresionante cabalgata de Macy’s. «Te estás volviendo un jodido blandengue». Sin embargo, Alexis Marshall y la Navidad habían dejado de hacer migas hacía años y él… él desde luego no quería volver a saber nada de adornos, regalos y abetos, o por lo menos nada que fuera con él directamente. Comprarle regalos a las niñas y hasta al «capullo» de McNamara y al «coñito suculento» de su mujer no contaba, no contaba en absoluto.

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Hacía frío fuera del apartamento. Bien, apartamento no sería la palabra idónea para referirse a la vivienda construida en un antiguo matadero en el Meatpacking District. En su día, a Alexis la propiedad le había salido a precio de risa; en cambio ahora, y al haberse revalorizado la zona, poseía una auténtica mina de oro, aunque no se planteaba venderla. Se sentía realmente a gusto ahí, entre las paredes de ladrillo rojo combinadas con el oscuro mobiliario que vestía los interiores. Y a pesar de haberse trasladado a Fe para ejercer de ayudante del sheriff, Alexis se movía a la ciudad cada dos por tres, pues, como él decía, siempre tenía cosas que hacer… Sí, sería mucho más inteligente y más barato quedarse en Nueva York. A fin de cuentas, él sí que no había dejado la CIA«O no del todo..»—, y era consciente de que trabajo en Nueva York nunca le faltaría. Pero la idea de separarse de las niñas y hasta del matrimonio McNamara no le resultaba concebible en aquellos momentos, y quizás todo fuera culpa de haber entrado en los treinta o del cansancio acumulado de soledad que había arrastrado durante años.

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La llamada corrió por el cableado telefónico e hizo sonar el manos libres sobre la mesita al lado del largo y robusto sofá de cuero. Al no descolgar nadie, la lucecita roja dio entrada al contestador y la voz se filtró por los altavoces:

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Querido mío, un año más te llamo para felicitarte la Navidad… —comenzó a decir la enigmática voz de mujer con un ligero, muy ligero acento asiático.

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Alexis iba por la cuarta cranberry Margarita de la tarde, con el aroma del christopsomo recién hecho preñando el aire. El pan reposaba sobre una rejilla, representando la sangre helénica que corría por sus venas. «Las malas costumbres nunca se pierden, ¿eh?». Sorbió del cóctel, apoyando sus labios en el delicado borde de la copa mientras miraba por los amplios ventanales de la cocina totalmente diáfana al igual que el resto de la casa: las mínimas paredes, un par de vigas que había dejado a modo decorativo, y solo puertas en los dos cuartos de baño. Al oír la voz que jamás esperaba volver a escuchar corrió hacia el teléfono. La copa y el rojizo contenido de la misma estallaron entre sus embotados pies.

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No te estoy llamando desde el más allá o como tú quieras llamarlo —rio la voz para quedar un par de segundos en silencio—. Esto es un mensaje que dejé preparado poco antes de irme, R1.

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Se detuvo, las suelas de sus fuertes botas echaron raíces en el suelo. La voz de la señora Gushiken junto al nombre que ella utilizaba para dirigirse a él le tomaron el corazón en un puño, un puño helado que lo apretó.

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Y aunque sé que lo que voy a decirte va a causarte risa y al mismo tiempo un poco de enfado, te informo de que, año tras año, hasta que cumplas los cincuenta y cinco, un regalo navideño de mi parte llamará a tu puerta —explicó con aquel tono pausado tan propio de los japoneses —. Si algún día dejas de quererlo, no abras la puerta y él se esfumara solo. Por algo dicen que la Navidad es cosa de magia, ¿no?

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Alexis suspiró, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón a conjunto con el oscuro mobiliario.

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Condenada… —trastabilló al oír la mención de los regalos y sobre todo la edad, pues Sakura2 Gushiken había dejado este mundo dos horas antes de cumplir los cincuenta y cinco, hacía ya ocho meses, en plena celebración del Hanami, como si la muerte quisiera hacer honor al nombre de la mujer.

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Recuerda siempre, querido Ryū, que los que se aferran a la vida mueren, los que desafían a la muerte sobreviven3 —dijo con el sonido reverberante de sus manos agarrando el teléfono—. Y ahora, ¿vas a abrir la puerta? —preguntó Sakura cuando dio por finalizado el mensaje. Su voz quedó atrapada en el contestador como un pedacito de su esencia y tres golpes sonaron en la puerta de acceso a casa de Alexis.

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Él miró la parpadeante luz roja en el teléfono… y ladeó la rapada cabeza hacia el pasillo que conducía a la entrada del piso superior. Fijó hacia allí su mirada y apretó las manos a los lados del cuerpo. Sus puños crujieron bajo la presión y caminó directo al encuentro de su regalo.

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La capa la ocultaba de pies a cabeza; ni un atisbo de piel entre toda aquella seda negra y tampoco una palabra…

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Y tú eres mi regalo —asintió Alexis, colgándose de la puerta tras abrirla. Para acceder a la vivienda había que subir por las escaleras metálicas situadas a un lateral del edificio, ya que la planta a pie de calle estaba reservada puramente para cuestiones de trabajo.

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La cabeza se movió en un asentimiento bajo la cascada de seda…

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Alexis alargó la mano izquierda, enganchó la capucha entre los dedos y la jaló con fuerza hacia atrás descubriendo la cara de su presente navideño.

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Mucho mejor —dijo mientras acercaba la mano al femenino mentón y presionaba con los dedos hacia arriba hasta encontrarse con el par de ojos azules.

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A la intemperie, bajo el cielo estrellado y rozando la media noche, allí se encontraba ella esperando oír si Alexis la consideraba un buen regalo o no. Trisha tragó saliva y le miró, y en los ojos de él percibió… frío, un frío gélido y doloroso. Adelantó las manos de ese modo, entreabriendo la capa, pues sus costados iban unidos por un largo y sedoso lazo rojo.

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La estudió, unas facciones más que bonitas, largas y oscuras pestañas sobre las orbes azuladas contrastando con el color mulato de la piel y… curvas. Esas Alexis no podía verlas, pero las intuía, unas turbulentas curvas bajo la capa. La señora Gushiken siempre había tenido un apetito muy variado y exótico. Él desvió la mirada hacia las manos unidas que le eran tendidas y después escaleras abajo, a la calle, donde el Bentley esperaba en marcha por si él rechazaba el regalo.

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Trisha apenas pudo contener el gemido cuando Alexis la entró en el recibidor. La puerta se cerró y el calor de la casa la envolvió, pero ahí seguían aquellos ojos helados mirándola y, por tanto, congelándola.

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Alexis se inclinó y entrelazó las manos tras su espalda.

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Hueles bien —susurró, mirando con su añil el de ella e inspiró con fuerza, inhalando todo el aroma que Trisha desprendía—. Comestible —añadió, sonriéndole.

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La capucha ya no la cubría y tampoco era roja, no obstante Trisha se sentía como Caperucita ante el Lobo Feroz.

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Gracias… Señor —masculló tras lo que ella entendió por un cumplido.

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No hay de qué, cariño —respondió Alexis, desligando sus manos y acercándolas a las de ella. Entonces movió los dedos en una invitación—. Voy a soltar este precioso lazo rojo… —ronroneó a la vez que estiraba los extremos de la seda. La sonrisa despuntó en las comisuras de sus labios hasta mostrar la blanca dentadura.

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Trisha lo miró al tiempo que Alexis soltaba el lazo para dejarlo caer al suelo y acariciarle las muñecas con la grandeza de sus manos. La frialdad en los ojos de él quizás era cosa de su imaginación, pues hasta el momento aquel dios propio del Olimpo estaba siendo dulce con ella.

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Alexis besó las palmas de las manos de ella, los nudillos y el pulso en las muñecas.

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Como eres mi regalo de Navidad, ¿sabes a peppermint? —Y no tardó en dar respuesta a su propia pregunta. La besó y los regordetes labios de ella se fusionaron con los suyos.

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Gimió con la lengua de Alexis paladeando su boca, barriendo sus dientes y succionando con suavidad su lengua. Trisha cerró los ojos y venció su cuerpo contra el de él, bien duro: los fuertes pectorales, las estrechas caderas, y pensó que Narciso debía haber dejado de estar enamorado de sí mismo para pasar a estarlo de Alexis.

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La saboreó, la degustó hasta la campanilla. Activó sus manos acariciándole el rostro, jugando con los rizos azabache de su cabello.

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Me sabes a chocolate fudge —murmuró Alexis sobre los labios de ella.

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Trisha exhaló, seducida por él y por su perfume, Le Male Terrible4 y al volver a besarla, ella se preguntó: «¿Por qué una fragancia tan poco apropiada para él?». Alexis no la estaba tratando como los sádicos olvidados por Cristo a los que la enviaban. «Puede… Puede que él no sea un sádico, tal vez él sea el príncipe entre todos los sapos».

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Alexis vagó de la boca de ella a su cuello, lo besó y giró a su alrededor sin despegar sus labios de la mulata piel. Se situó tras su espalda y pasó su brazo derecho por el cuello de esta, rodeándolo, y la mano izquierda subió a la cabeza. Apretó.

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Trisha abrió los ojos y emitió un gritito, percatándose de que él la estaba ahorcando, agitó los pies en el suelo, sus tacones resonaron y el látex que lamía su cuerpo y la capa sobre sus hombros protestaron a causa de sus histéricos movimientos. Una vez más, Trisha había errado en sus conclusiones: Alexis no era el príncipe entre todos los sapos, era el rey de todos ellos.

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Las uñas de la mujer se hincaron en su piel mientras sus pies se agitaban convulsos en el aire. Alexis sonrió por la lucha de ella, lucha que no servía de nada pues él estaba cortando el flujo sanguíneo a sus arterias; de ese modo la sangre no llegaría al cerebro y Trisha quedaría K.O. en tres… dos…

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Se estaba ahogando, ¡lo estaba haciendo de verdad! Peleó con todas sus fuerzas, sus uñas perforaron la piel de él, extrayendo el preciado plasma. Trisha boqueó con la vista nublándose, tornándose completamente negra…

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Uno… —masculló Alexis con ella inerte contra su cuerpo. La llave del sueño siempre funcionaba, aunque en este caso él había escogido la aparatosa, pues el simple toque en el cuello no lo divertía de igual forma y además solo la dejaría fuera de juego durante unos breves segundos. La aupó entre sus brazos y caminó con ella hasta el ascensor en una nube de seda negra. Si la llave del sueño de por sí ya era peligrosa, exponer a la persona demasiado tiempo a la falta de circulación podía ocasionar desde una isquemia hasta la muerte cerebral y eso no entraba en el juego, por lo tanto mientras el ascensor bajaba al piso inferior Alexis volvía a dar paso al flujo sanguíneo por la carótida de ella. La puerta se abrió y él empujó con el pie la malla metálica. Entonces avanzó hasta dejar a Trisha tumbada en el piso.

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Ella parpadeó atontada; se sentía como si hubiera bebido un litro de ginebra. Unos dedos bailoteaban sobre su carótida, masajeándola. Las luces de los fluorescentes la cegaron y no vio nada, pero sí sintió la frialdad del suelo.

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Abre la boca —ordenó Alexis al tiempo que se acuclillaba junto a ella.

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Trisha pestañeó, centrando la vista en el techo, las vigas, los fluorescentes y… aquellos helados ojos azules. Entrecerró los parpados, tratando de aclarar su enturbiada mente.

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Abre la puta boca —demandó él, prendiéndola por la mandíbula y clavándole los pulgares en los mofletes—. Eso es, inhala y luego exhala hasta que sientas que la respiración se normaliza. —Alexis asintió al reaccionar Trisha tanto a sus palabras como a la fuerza que ejercía su mano—. Todavía vas a sentirte aturdida durante unos minutos, pero no te preocupes, pasará.

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Ella tembló en una cama compuesta por los rizos de su pelo y el vuelo sedoso de la capa. Las medias negras de látex chascaron al mover las piernas.

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Alexis se irguió, sacando del bolsillo trasero de su pantalón la cajetilla de tabaco. Con el Zippo que iba dentro encendió un cigarrillo entre sus labios. Aspiró el grueso humo y sacó una pequeña porción del mismo por sus fosas nasales.

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Tranquila, bomboncito, no voy a hacerte nada aún, no hasta que tu jodido cerebro pueda apreciarlo con claridad —chistó, colocando la suela de su KnightsBridge en una de las femeninas mejillas—. Puesto que estamos en Pascuas, tu palabra de seguridad será… —Él movió la suela sobre la mejilla de Trisha y sonrió—. Abeto, ¿estás de acuerdo?

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Sí, Señor —exhaló ella bajo la fuerza de la bota. Entrecerró los ojos al retirarse esta de su cara. El sonido de las suelas golpeando el suelo conforme Alexis avanzaba por él y se alejaba la dejó aún aturdida en el piso. Trisha levantó las manos a su semblante y tocó el rubor en los pómulos…

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El suelo era de asfalto, lamerlo sería como saborear la 66. Las luces del ascensor roían la malla metálica y flirteaban con el blanco cegador de los fluorescentes del techo, que a su vez iluminaban las paredes de ladrillo, que impedían la visión de lo que podía haber más allá.

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Trisha se esforzó por aclarar la vista, por exorcizar las sombras que la falta de riego había traído consigo y descubrió un gancho metálico y puntiagudo danzando, colgado del techo. La sangre volvía a fluir con normalidad, teniéndola embriagada, borracha por el colocón sanguíneo. ¡Ah!, y Alexis también volvía a su encuentro. Ella inclinó la cabeza a un lado y lo vio llegar…

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Los crisantemos florecían en los pectorales del Dom5, un pez Koi nadaba entre el definido vientre y agitaba la cola entre los musculados pliegues. Alexis descansó las manos enfundadas en guantes de látex negros en sus caderas, aunque en la mano zurda cargaba con una madeja de cuerda de cáñamo. Los pantalones ajustados se ahogaban bajo la altura y estrechez de las botas afianzadas a la altura de sus rodillas.

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Lo cierto es que siempre quise una muñeca por Navidad —le dijo entre la nube de humo que salía de sus fosas nasales. De no ser por el cigarrillo que pendía de sus labios, él sería digno de ser esculpido por el mismísimo Lísipo.

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Trisha se percató de que Alexis debió haber estado algo más de dos minutos alejado de su campo de visión, pues ya no vestía la camiseta, llevaba guantes y una madeja de cuerda. Remolinos de humo grisáceo serpenteaban desde su boca hasta la rasurada cabeza y danzaban tras la masculina nuca. Ella movió las piernas e hincó los tacones en el suelo; sin embargo, sus rodillas flaqueaban y las pantorrillas le temblaban.

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Alexis se detuvo a pocos centímetros de Trisha en el suelo, alargó la mano libre y tiró de la cuerda metálica de la que pendía el gancho para colgar carne de res, antiguo gancho que él había restaurado.

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Una muñeca tipo Barbie Malibú —masculló, dando una larga calada al cigarrillo. Se acuclilló ante ella y la ladeó sobre el suelo, le ató con las manos por encima de la cabeza, apretó el nudo con fuerza, con mucha fuerza, de modo que marcara la piel aunque no llegara a rasgarla. «Por el momento». Alexis con el cigarro ahorcándose entre los labios le espetó—: Arriba. —La ayudó a ponerse en pie, y al tiempo que la sostenía con su cuerpo, estiró el brazo cogiendo el gancho metálico y suspendiendo de él las cautivas manos de la mujer. Alexis cruzó el brazo derecho sobre el antebrazo izquierdo y retiró el cigarro de su boca, mirándola—. La cuestión es ¿la muñeca quiere jugar conmigo?

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Trisha gimió por el dolor en las articulaciones y la protesta de sus hombros. Lo miró, moviendo los deditos; las puntas de sus altos zapatos rozaban el suelo, pero no tenía apoyo en él. La capa jalaba hacia abajo su cuello, y el peso del traje oprimía sus pechos y marcaba sus caderas. En ese momento, su cuerpo era un perfecto catalizador del dolor.

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Tienes razón… —asintió Alexis, sonriendo. Apenas le quedaban dos caladas al cigarro cuando lo dejó caer y lo aplastó bajo el peso de su bota. Levantó ligeramente la cabeza, su nariz a la altura de la boca de ella al estar Trisha en suspensión—. Una jodida muñeca, no habla, no piensa, no decide con quién quiere jugar o con quién no. Es solo eso. —La asió por la mandíbula, acercó sus labios al tembloroso mentón, y lo besó para decir—: … Una muñeca.

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Trisha jadeó por el beso que marcó su piel y luego giró, giró al rodearla Alexis con los brazos por las caderas, darle impulso y soltarla para que ella rotara, pendiendo de la cuerda afianzada al gancho. Giró y giró con el mundo corriendo ante sus ojos, con el sonido del metal y el crujir del cáñamo ejerciendo de banda.

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Mientras ella daba vueltas, Alexis fue hacia la derecha, al otro lado de la pared de ladrillos. La parte inferior de la vivienda estaba dividida en varias secciones, cada una con un fin. En la que ahora se encontraba, el suelo estaba cubierto por un tatami; la luz allí era cálida, no estéril y blancuzca como la de los fluorescentes. Se veían paneles decorados con dibujos de máscaras Hannya, que separaban las estanterías repletas de material para shibari, cuerdas, varas de bambú, ganchos metálicos, poleas y también varias katanas durmiendo plácidamente en sus respectivas fundas. Alexis abrió un cajón hecho de rica madera y sacó de él un cutter.

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Mareada, aturdida, y por alguna extraña razón excitada por las vueltas, por pender por una cuerda y girar en el aire como una flor mecida por el viento. Trisha dejó de voltear y fue parando para balancearse con suavidad.

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Antes de volver con ella, Alexis salió de la estancia y siguió recto hacia la izquierda, se metió en otra habitación de la que se trajo algo, algo «chispeante» que metió en el bolsillo trasero de su pantalón.

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Trisha abrió los ojos al escuchar el retumbar de las botas de él en la oscuridad, y lo primero que vio fue el guiño metálico de la hoja del cutter.

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Por favor, Señor… —masculló, sabiendo que la ropa iba a morir bajo el filo.

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¿Por favor, Señor, qué? —roncó él, cortando el cordel anudado al cuello de Trisha. El brillo del acero y el color mulato de la piel de ella a Alexis le parecieron una hermosa combinación—. Llevas la capa, no saldrás desnuda —explicó a la vez que caía la seda.

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Trisha dentelló su labio inferior y retuvo las lágrimas; el miedo que sentía retozaba con la excitación. El vestido de látex negro estaba anexado a su cuerpo como una segunda piel y guardaba la plenitud de sus pechos en un apretón gomoso que seguía hasta las caderas, donde una muy amplia falda enmascaraba el largo de sus piernas.

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Alexis seccionó el escote y los pechos botaron fuera, grandes pechos de pezones enjoyados. Los piercings plateados a modo de bolas embellecían los rugosos salientes. Él no era fan de las prótesis mamarias, aunque en este caso debía admitir que el cirujano había hecho un buen trabajo. Tumbó el cutter para acariciar con el dorso de la hoja el valle entre los orondos senos.

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Casi era como jugar a la ruleta rusa: en vez de una bala en la recámara, un corte certero y la sangre saldría a borbotones al igual de rápido que ascendía su excitación. Trisha tragó saliva ruidosamente cuando siguió el camino de la hoja afilada, que cortaba ahora la porción de látex que escondía el fino cachito de carne anterior al hundimiento de su ombligo.

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Cortar, sajar hasta los últimos centímetros de la parte superior del vestido. Alexis se llevó el cutter a la boca y sus dientes lo sujetaron por el mango. Jaló del látex, arrastrando hacia atrás las mangas y dejando el torso de la ella al descubierto.

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¿Algo más que cortar? —le preguntó, vocalizando a duras penas con el cutter en la boca.

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Trisha respondió con el silencio. Justo en la línea bajo el ombligo y sobre el cierre de la falda, asomaba la malla de un pantalón de caucho. Ella sabía que Alexis se estaba preguntando si era posible que no fuera un pantalón, sino el nacimiento de las medias, pero no, no lo era.

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Alexis metió la mano bajo el vuelo de la falda para colarla en la junta y poder cortar desde ahí. Sin embargo, detuvo la mano a medio camino y presionó el dorso contra la dureza al tiempo que batallaba con el látex de los pantalones a medio muslo. Él se quitó el cutter de la boca y rio, alzando la rapada cabeza para mirarla.

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La muñeca viene con extras.

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Él no entendía de valores morales, solo en términos de placer, así que poco le importaba si quien se lo otorgaba era mujer, hombre o un sexo intermedio.

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La cuchilla seccionó la junta de su falda y esta cayó al suelo resonando con fuerza; el pantalón y las medias eran lo único que la salvaba de la desnudez más absoluta.

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Alexis dio dos pasos hacia atrás, Trisha colgaba del gancho con el cabello tras la espalda y los orondos pechos de pezones oscuros y carnosos, perforados por las brillantes bolas plateadas. Jugó con el cutter, haciéndolo saltar en la mano y girando en el aire para volver a cogerlo sin llegar a cortarse con la afilada cuchilla, mera cuestión de práctica.

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Ella osciló en el aire sin poder evitar mirarlo: los músculos definidos, libres de vello, ni siquiera en los antebrazos, la piel nívea salvo por los ríos de tinta. Trisha gimió con su excitación concentrada y firme entre sus muslos, latiendo bajo la película de látex.

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Vaya, vaya y parece que los extras son… —empezó a decir Alexis, centrando la azulada mirada en el más que evidente bulto que batallaba en el pantalón; incluso él percibía el calor que irradiaba de la cautiva verga—… Muy extras —rio, recuperando la distancia de los dos pasos y pinzando con los dedos la pretina gomosa del pantalón. Con mucho cuidado, casi con la precisión de un cirujano fue cortando el pantalón hasta que, al desgarrarse la goma, la bulbosa cabeza de la verga asomó, saludando la hoja. Él guardó la cuchilla dentro de la funda de plástico y lanzó hacia atrás el cutter, enganchó los extremos del pantalón y tiró hacia abajo con fuerza, sacando por las piernas la molesta prenda, a la vez que dejaba a Trisha con las medias y los Christian Louboutin.

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La suela roja de sus zapatos tenía el mismo color que su prepucio. Trisha gimió con las primeras gotas de líquido preseminal corriendo fuera de su uretra y lubricando la abultada cabeza. Las venas latían inflamadas alrededor de su miembro y el aro engarzado en su escroto se movía al compás de sus testículos.

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Alexis se acuclilló y el cuero de sus botas protestó. Con las manos libres subió por los muslos acariciando la piel hasta las ingles, arrimó la mano derecha a un lado de la cadera y sobre el hueso y el calor de la izquierda estrechó la dureza de la erección.

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No te diré que envidio tu polla, pero… —gruñó, apretando, obligando a la piel a descubrir el capullo. Un chorro de líquido preseminal saltó de él cual kamikaze —… Casi… —añadió al tiempo que subía por el tallo, aunque no del todo. Alexis abrió la boca y sacó la lengua; el palo que unía la bola azulada de su piercing con la que tenía bajo la lengua se estiró para que él pudiera friccionar la esfera sobre la uretra.

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1(Jap) Dragón.

2(Jap) Cerezo.

3Proverbio de origen samurái.

4(Fr) El macho terrible. Ver glosario.

5Diminutivo de dominante.

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