Me llamo Loli, me llamo Clara…

Loli

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Pues sí, me lamo Loli y vendo bragas usadas, Burusera lo llaman. Cobro entre 20 y 50 € dependiendo del encargo. Algunas las uso durante varios días seguidos hasta que casi andan solas, otras las entrego lavadas pero con manchas de guerra, léase manchas de sangre menstrual, recuerdos amarillos de flujos abundantes o de episodios más escatológicos….., un@ de mis clientes, desconozco quien es, me las pide con una semana de uso, una hora diaria de baile con Jethro Tull y al menos una masturbación con ellas puestas; y claro, yo lo hago, que paga bien, no sabe quién soy me hace gracia, lo reconozco. Solo he de cumplir el encargo, doblarlas con cariño, guardarlas en una bolsita hermética de plástico, que es importante que huelan a mi y “mis actividades” y enviárselas a un apartado de correos.

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No tengo ni la menor idea de lo que hace con ellas, si se las pone, si las huele, si se masturba con ellas, si solo las mira…y sinceramente, me da igual, porque desde el momento en que las entrego en correos en mi cabeza ya nace una historia, y aunque lo hago por dinero, creo que las historias sobre mis bragas y esta persona me aportan mucho más, es como una relación imaginaria, de una sola dirección, pero que siento muy real. Me gustó mucho leer sus condiciones, lo de tener que bailar con ellas con la que supongo su música favorita, es como mezclar la emoción de las canciones con excitación sexual, y eso me sedujo, un fetichismo, un orgasmo y una canción, …o en este caso varias.

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Imagino sus manos al recoger el paquete, la expresión de sus ojos, un estremecimiento en su cuerpo al verlas, al olerlas. Otras veces imagino que se las pone y baila Thick as a brick como si no hubiera un mañana, y a mi me da la risa. Por cierto, que tuve que comprar el CD, porque yo soy más de Glenn Miller.

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Coincidí con la petarda del piso de arriba en la tienda, “La Clarita” y me dijo que me lo prestaba, pero le dije que no. No quiero que nos hagamos amigas, que me cae fatal, con esos aires que se da, que parece que nunca ha roto un plato. Esas, las moquitas muertas son las peores. Me pregunto qué pensaría si supiera que vendo bragas usadas…seguro que le daba algo, y más sabiendo que a veces bailo con ellas y sus adorados Jethro Tull. Tengo que reconocer que está muy buena, y que es guapa a su manera, aunque tenga un ojo ligeramente estrábico, viste bien, tiene clase…pero no la aguanto. Tiene un par de polvos, pero no, no me gusta.

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Bueno, el caso es, que como os decía, vendo bragas usadas, me gano un dinerito al mes e imagino historias sobre las personas que las compran, como dice Priscila, menos que lavar, menos que tender y recoger, algo de cash y a alguien le doy una alegría, y espero que un par al menos de buenos ratos.

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ME LLAMO CLARA, ME GUSTA MI VECINA DE ABAJO…Y COMPRO BRAGAS USADAS

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Vivo en un edificio pequeño, solo 5 plantas con dos manos y mas de 50 años. Soy la única persona que pasa de los 30 en la vecindad. Me mudé aquí cuando empecé a trabajar en el hospital y aquí he decidido quedarme, sobre todo después de llegar Lola, la vecina de abajo. Me gusta su desparpajo, su pseudouniforme de universitaria plagado de combinaciones imposibles de “voy hecha un cuadro para no llamar la atención “, la forma en que sube las escaleras y el moño atado con un lápiz que lleva cuando estudia. Lo sé, porque cuando dejo de oír la música en su piso sé que está estudiando, y bajo con cualquier excusa para verla, preguntar si se le ha ido la luz, bajar alguna carta que el cartero ha dejado en mi buzón por error, a veces se las quito del suyo para poder bajárselas, y poder ver su moño con lápiz, y su boca, redondeada y carnosa. Evito mirarla a los ojos, por no tener que reconocer que me fulmina con la mirada por molestarla y porque le caigo mal, y porque no quiero que se de cuenta de que tengo estrabismo, poquito pero evidente, no sea que mi ojito loco acabe con las casi nulas posibilidades de compartir cama con ella.

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No recibo mucho correo en el buzón, solo facturas y algo de publicidad. Para las cosas importantes tengo un apartado de correos. No quiero arriesgarme a que acaben el buzón de alguna de mis vecinas o a que alguien me las robe, y es que recibo al menos dos paquetes especiales al mes.

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Son paquetes pequeñitos, preparados con mimo, con un tesoro en su interior, y es que sí, compro bragas usadas por otras mujeres, bueno, en realidad, ahora solo compro las bragas usadas de una mujer, una tal Loli, mira que casualidad, como la vecina que me quita el sueño. Vi su anuncio, el tanga que vendía, la foto no era precisamente buena, pero me gustó la idea, un tanga chiquitito sobre una sábana blanca y un pequeño vibrador con el que decía llevar dos días jugando. Me hizo mucha gracia y me puse en contacto con ella. No pedía mucho, así que decidí jugar, le propuse un reto, una serie de condiciones y le pagaría el doble:

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Lavar ese tanga y empezar de cero.

Llevarlo puesto una semana.

Masturbarse al menos una vez con ese vibrador y el tanga puesto.

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Y lo más importante, sudarlas, pero como no quería ponérselo así de burdo le pedí que bailara con ellas puestas una hora diaria, y para marcar territorio, le impuse la música, Jethro Tull, que no me gusta, pero acababan de regalarme un Cd y fue lo primero que se me ocurrió. Aunque bueno, no soy tan ingenua, sudarlas las suda, pero dudo mucho que sea bailando y menos con esa música.

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Por cierto, a Lola le encanta, porque casi a diario escucho esas canciones desde su casa. Hace un tiempo me hice la encontradiza con ella en la tienda de música y le ofrecí prestarle el mío, pero no lo quiso… mala suerte.

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El caso es que esta chica, la tal Loli, cumplió el trato, y llegó el tanga. Me gustó su caligrafía en el paquete, con el nº de mi apartado. Los números parecían bailar. Había doblado cuidadosamente el tanga y lo había guardado herméticamente en una bolsita para congelados.

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En cuanto llegué a casa puse Perfidia de Glenn Miller , me serví un vino y las saqué de la bolsita. Estaban realmente sucias y podía olerlas sin necesidad de acercarlas a la nariz, olían a vida, a sudor y a vulva feliz. Me lo puse, me tendí sobre la sábana blanca de mi cama y saqué mi vibrador del cajón de mi mesilla. Cerré los ojos, y antes de empezar a amarme, le mandé un beso a Lola, mi vecina de abajo.

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