La liebre y el Cazador

28 de diciembre de 2018, Tarragona

aa

aa

CaixaForum acogía una exposición de pintura flamenca y holandesa del museo de Ginebra, una visita obligada por una mera cuestión intelectual. El frío cortante en el exterior del edificio no había logrado que la gente acudiera aunque fuera para refugiarse y, de paso, dejarse abducir por las obras pictóricas.

aa

El ambiente era silencioso a excepción de los comentarios entre los pocos que transitaban la muestra y realizados mediante cuchicheos. Se respiraba tranquilidad, pero no tanta como cabría esperar, ¿por qué? Porque una de las visitantes se agitaba sobre la considerable altura de sus descabellados tacones. El perfume de vainilla negra se le intensificaba en la piel a causa del nerviosismo patente en su rictus y en el bombeo sanguíneo de la yugular. Carente de reloj en la muñeca que le indicara la hora, deglutió, fijando la vista en los ojos mortecinos de la liebre en aquel bodegón de caza.

aa

aa

aa

aa

Pese a que la pobre bestia yacía muerta, a ella casi se le antojaba física, palpable, no una pintura. Suave al tacto y tal vez cálida, como recuerdo de la vida que poco antes le había escalfado las venas.

aa

—¿Se identifica con la liebre? —prorrumpió la masculina voz a medio tono. El calor tórrido que emanaba del cuerpo del Señor M. flirteaba con el aroma de esencia de Loewe. Sus ojos grandes, expresivos, bailoteaban en tonalidades cambiantes entre azuladas y grises bajo aquellas luces y sombras de la galería.

aa

—Señor, ¿cree usted que debería? —murmulló ella sin virar la cabeza hacia el recién llegado, situado ahora a su derecha. Cerca, tan cerca que percibía el latir del masculino corazón.

aa

—Señorita A. —dijo el Señor M. usando el mote que había decidido ponerle por obvia diversión—. Le he hecho una pregunta, primero responda y luego yo haré lo propio con la suya. —Para ser sinceros, llevaba un rato acechándola, observándola desde la distancia. Radiografiándola de arriba abajo, pues esta tenía una ventaja sobre él: lo conocía, físicamente hablando; lo había visto en fotografías, no obstante, él a ella no, oh, oh, eso le daba licencia para recrearse. Sabía que era ella, pues antes de quedar le había mencionado su atuendo y, por supuesto, no había mucha gente por ahí con gafas de color verde. Prestó atención a la oscuridad parduzca del femenino cabello recogido en un moño bajo, a la altura de la nuca, contrastando con el blanco de la piel, un blanco que patentaba la carencia de ser teñida por el bronce que aportaba la luz solar. La estructura delicada del cuello se reforzaba en el esternón y derrapaba en la redondez generosa de los senos, injustamente pertrechados bajo la blusa verde, que resaltaba tanto la palidez de la piel como la oscuridad del cabello. La cintura se acentuaba por la falda de tubo negra que arañaba las turbulentas caderas y lamía los muslos hasta las rodillas. Los pies…, los pies iban enfundados en unos preciosos y espigados stilettos.

aa

—Supongo que, en cierto modo, sí —respondió la señorita A., entornando los ojos y uniendo las manos, frotando los deditos de uñas pintadas a la francesa. El bolso junto al abrigo le colgaban del antebrazo opuesto al Señor M., por tanto, el calor que manaba de este, literalmente, la quemaba.

aa

—¿Por qué? —quiso saber. El Señor M. acababa de renegar del bodegón, la estampa femenina le resultaba mucho más estimulante. Observó el engrosamiento de los pechos a causa del nerviosismo y la excitación, y captó el incremento en la potencia del aroma del perfume, que lo hizo dilatar las aletas de la nariz y apretar la prominente nuez de la garganta.

aa

—Señor, ha dicho que, si yo respondía a la pregunta, usted haría lo propio con la mía —repuso ella, todavía sin encararlo. Por una razón inexplicable, como algo intrínseco, sabía que en el momento en que posara sus ojos sobre los del Señor M. caería, se hundiría sin remedio en el tormentoso mar que los anegaba.

aa

—Y usted, señorita, ha sido tan inocente como para creerme —se burló él, caminando tras la mujer para situarse al otro extremo. Le tomó el abrigo, apoyándolo sobre el antebrazo en el que cargaba el de él, pesado y oscuro como el cielo fuera de la galería—. Dígame, ¿por qué se identifica con la liebre?

aa

Jugar, provocar bailoteando sobre la cuerda floja cuando una pantalla se interponía entre ambos era mucho más fácil, menos arriesgado, que ahora sin escudo, compartiendo espacio, siendo ella susceptible a ser mordida o azotada con tanto tesón que las nalgas acabaran brillando en rojo y agitándose como las aspas del Moulin Rouge; pese a ello bien sabía que el Señor M. era de cobrarse deudas y ella…, ella era una jodida morosa.

aa

—Porque es la presa, la captura, el… botín —respondió la señorita A, desviando la mirada del bodegón al hombre ataviado con un traje oscuro. La tonalidad entre gualda y ceniza de su corto cabello y barba le escalfó las venas, y su mirada, con aquella potencia que la caracterizaba, le empantanó el coño que, ávido, palpitó.

aa

–Lamentablemente, el cazador no figura en el cuadro —apuntó el Señor M. Otros bodegones de caza exhibían las armas usadas para dar muerte a las presas como un trabuco, perros o cuchillos.

aa

—No este en concreto, sin embargo, parece que hoy los depredadores abundan —alegó la señorita A. apretando los muslos. La humedad de la excitación le calaba el material del culotte, que se adhería al grueso de sus labios, caramelizándolos y abrillantándole el perlado clítoris. «Pum-pum-pum…», le palpitó la matriz y no el corazón, esta dolía anticipándose al placer que su coño vaticinaba. De no ser por el sujetador de encaje y la blusa encima sus pezones aguijonearían, sobresaliendo solo para que el Señor M. pudiese verlos, como quien agita una mano en el aire haciendo aspavientos para reclamar atención. 

aa

—¿Va a salir corriendo? —se burló él, achicando los ojos y estirando la sonrisa en los labios para permitir que se entreviera el blanco de los dientes—. Semejantes tacones le impedirán un tanto la tarea —dijo, alternando la mirada entre los ojos ámbar oscuro de la mujer y sus pies—. Aunque, para mí, la harán más divertida.

aa

—No tenía pensado huir, Señor —refutó la señorita A. Escapar no era la salida, y no solo porque dejaría un rastro babeante como el de un caracol, sino porque no quería hacerlo. Casi estaba dispuesta a lazarse la soga al cuello sin necesidad de que el Señor M. lo hiciera por ella.

aa

—Lástima —chasqueó él con un mohín guasón.

aa

—No ha visto muchos documentales de animales en la Dos… —afirmó la señorita.

aa

—Explíquese —azuzó este, parco. Decoloró la sonrisa que antes se le había dibujado en la boca, que se tornó ahora en un leve borrón.  

aa

—La mayoría de presas luchan por la supervivencia, es lo lógico, lo que se espera de ellas —recitó la señorita A. parpadeando con rapidez. El rímel que le pesaba en las pestañas amenazaba con diluirse en la salinidad acuosa que se le hacinaba en los lagrimales, la saliva aumentaba en su boca y le humectaba los dientes, la crema, todo aquel deseo líquido brotándole del coño y mojándole el culotte, patentaba que toda ella se empapaba, se desbordaba por el Señor M… —. Otras se resignan como si comprendieran que solo pueden sucumbir. —Otras como ella misma, le faltó decir.

aa

El Señor M. caviló, pensó en cada una de las palabras entonadas por la fémina a su lado y cuyo aroma se le soterraba en la piel venciendo al olor de la propia esencia de su perfume.

aa

—Me gusta su mente —reconoció, todavía con aquel aire sobrio—. Es inteligente —añadió a continuación.

aa

—Gracias, Señor—asintió la señorita A. La voz le fluía algo desigual y, por más que quisiera, no podía regularla escondiendo los nervios en el bolso o en uno de los bolsillos del abrigo.

aa

Sabiendo que ella lo imitaría, se alejó del bodegón para observar el siguiente cuadro, también de temática de naturaleza muerta—. Y eso no es lo único que me gusta —confesó el Señor M.  

aa

—¿Ha pesar del verde de las gafas? —dudó la señorita A. con obvio humor. Se situó a su lado sin contemplar el cuadro, lo admiraba a él.

aa

—Son llamativas, se ajustan a usted —adujo el Señor M.

aa

La señorita A. se sonrojó y el brillo en sus cristalinos hizo chiribitas. Por mucho que hubiese Dominantes que sostuviesen que el físico en un sumiso o en un esclavo no era lo importante, ella no acababa de estar de acuerdo. A fin de cuentas, era una cuestión de conexión en la que debía haber una atracción física, sexual, aunque fuera mínima. Relajándose un poco tras la declaración de este, redirigió la cabeza al cuadro.

aa

—¿Cuán largo es? —preguntó el Señor M. a la vez que reanudaba la marcha hacia otra pintura. Se arrimó un poco al cuadro para concentrar la mirada en la técnica pictórica. Él podía pecar de muchas cosas, empero no de no tener una gran sensibilidad artística, motivo que ligaba a su credo con el BDSM, debido a que el BDSM no era otra cosa que una gran obra de arte compuesta de elementos emocionales y estéticos—. Suélteselo —dijo, refiriéndose, claro está, al cabello.

aa

—¿Aquí? —barboteó ella, conduciendo la mano diestra al moño.  

aa

—Señorita A., suélteselo disimuladamente, no vaya a ser que escandalice al personal —se burló, riendo disimuladamente sin mirarla en ningún instante. El Señor M.  continuó la línea en la pared de la galería observando el siguiente cuadro como si tal cosa.  

aa

Ella puso los ojos en blanco por lo absurdo del asunto, ¿quién iba a interpretar un móvil sexual en el acto de soltarse el pelo? Porque eso era, una forma de desnudarse, de sugestionar… La señorita A. vaciló, mordisqueándose el labio inferior; desde su posición alejada de la del Señor M. desenganchó las horquillas y la goma que le inmovilizaba el cabello. Este se liberó y desencadenó la fluidez del caudal medio ondulado y negro que feneció más allá del final de la redondez de los senos.

aa

—No quiero que se lo recoja en mi presencia salvo si yo se lo ordeno, ¿está claro? —dictaminó él, marchando hasta esta para colocarse detrás y acunar una mano en la zona lumbar. Subió por la espalda, acariciando la piel por encima de la blusa y ensortijó los dedos en los oscuros mechones. Suave, y no por ello menos autoritario, empujó a la mujer hacia delante.

aa

—Sí, Señor —boqueó la señorita A. como un pez fuera del agua.

aa

—Cuando quiera que así sea le mandaré hacerse una trenza —precisó el Señor M., reptando con la mano hasta la femenina nuca. La acarició, disfrutando de los respingos tensos que agarrotaban y distendían simultáneamente la musculatura.

aa

Guiada por el Señor M. y, en realidad, sin ver ni una sola de las obras expuestas a lo largo de unos buenos diez minutos se movió al son de este que transitaba la exposición manteniéndola a su lado y acariciándole el pelo, la nuca y la baja espalda sin arribar a la altura de donde esta perdía su casto nombre. Él, el muy perverso, estaba alargando la agonía, dosificando las gotitas de veneno… Cuán cruel era, ¿acaso no tenía ni una pizca de piedad?

aa

De haberlo querido el Señor M., ya habrían abandonado la galería. No obstante, optaba por atormentarla, la necesidad que captaba rezumando de la señorita A. volvería más sabrosa su entrega con el transcurrir del tiempo, la condimentaría con pasión, con delirio…

aa

—Rojo —dijo, escueto—. Clásica, concisa, corta —definió a la palabra de seguridad a la par que deslizaba la vista del cuadro a ella.

aa

—Rojo —asintió la señorita A. en un quedo gimoteo. Ella, siempre tan habladora, aquejada de verborrea, permaneció en silencio respondiendo a la azulada mirada del Señor M.

aa

—Nos vamos —alertó este, abrigándola con la chaqueta y entregándole el bolso; él se cargó el abrigo sobre los hombros y, jalando a la mujer por una mano, tiró de ella en dirección a la salida, a pesar de que les quedaban pendientes varios de los cuadros.

aa

Aquella tarde las calles se habían tornado escarchadas y ventosas, hostiles para los paseantes, pero algunos, indómitos se empecinaban en recorrerlas.

aa

Las luces de la Rambla Vella marcaban un patrón que a, ojos vista, la señorita A. sabía que encaminaba al parking  subterráneo donde debía de estar aparcado el coche. Su mano derecha guarecida por la del Señor M. no tenía frío. La izquierda se le helaba como las mejillas y la puntita de la nariz. Igual de punzante y dolorosa que la cruda temperatura la traspasó la duda… ¿Y si estaba cometiendo un error? ¿Y si estaba siendo demasiado temeraria? ¿Y si no era suficiente para él? Y si… Y si…

aa

El Señor M. notó que la delgada mano flojeaba entre la suya y que ella dejaba de avanzar. Se volvió, mirándola y topándose con la duda en su mirada. Él no era un hombre de palabras, era un hombre de actos, por ello enmarcó la femenina cara entre  las manos y se arrimó a la señorita, denegándole el espacio hasta para el oxígeno.

aa

Nada de amor, no aún, al menos, quizás, nunca; solo eran dos almas conectando una de las tardes noches más frías de los últimos inviernos de la ciudad.

aa

La señorita A. entornó los ojos compartiendo el vaho que salía de su boca con la de él y, entonces, la besó. El Señor M. la besó suavemente, sin exigencias ni agresividad. Ella, la muy perra, gimoteó, desliéndose acalorada, desafiando al frío. 

aa

Inevitablemente, la suavidad, la cierta ternura mutó volviéndose exigente, demandando más lengua, más roce de dientes, más de los bonitos labios de la mujer. El Señor M. circundó la turbulenta cadera clavando a la señorita contra su cuerpo, aguijoneándola con el picahielos que escondía bajo los pantalones. Gruñó, besándola bajo los flanqueados árboles de la Rambla y sus luces navideñas.

aa

Las dudas, el miedo no desaparecieron, se quedaron en silencio, en la retaguardia y el beso se deshizo. Ella abrió los ojos y, como leyéndole la mente, reanudó la marcha que les condujo a ambos al parking.

aa

En el interior del coche, y con este en marcha, mantuvieron silencio, la distancia entre los asientos, paladeando su sabor mutuo en las bocas, guardándose las palabras, actos, acciones y hechos que tenían pendientes para más tarde. Incluso cuando aparcaron, esta vez en el parking del archiconocido hotel situado justo al lado de la EMT, no mediaron palabra; tampoco en el ascensor desde donde se dirigieron, raudos, a la habitación.

aa

El Señor M. al salir de la metálica caja encabezó el camino por el pasillo y arribó a la puerta indicada, la abrió con la tarjeta a modo de llave y le cedió el paso a ella. Entró y cerró, impidiéndole avanzar más al hacer uso de su voz.

aa

–Dame el abrigo y el bolso. —Enfatizó el mandato extendiendo la zurda y agitando los dedos. «Usted» era historia, el uso en cierto modo distante con el que se habían tratado desde el principio quedó atrás, pasto del tiempo, carroña ya del olvido. Puede que ella  aún no fuera suya, si bien ahora mismo iba a empezar a moldearla a su antojo.Sin embargo, conservaría el señorita A.

aa

Obedeció, ella obedeció, automática, como quien pulsa el interruptor de la luz y esta se enciende. Le cedió ambos, el abrigo y el bolso, sin mediar palabra, apenas sin respirar, con el oxígeno llameándole en los pulmones. Sentirse, saberse tan putamente mortificada por la excitación que el Señor M. le suscitaba solo era una prueba más de que él era la cerilla y ella el jodido tanque de gasolina.

aa

—Bien… —dijo el Señor M. mientras abría la puerta corredera del armario vestidor en el pasillo y colocaba el bolso sobre uno de los estantes y colgaba los abrigos. Cerró y, de nuevo, sacudió la zurda, esta vez para indicarle que avanzara hasta posicionarse justo en el centro de la bonita habitación—. Empieza a desnudarte.  

aa

La señorita A. taconeó y, una vez en el sitio, exhaló, trémula. La palabra de seguridad, «rojo», estaba anotada en su mente en el caso de necesitar verbalizarla. Pinzó con los deditos la apertura de la blusa, desasió el primer botón y a este le siguió el segundo y el tercero revelando piel blanca, algo espolvoreada de pecas y lunares color café y canela…

aa

El Señor M. caminó, adentrándose en la estancia, y pasó al lado de la mujer, mirándola de soslayo. Desplazó el sillón de cuero en la esquina y lo ubicó a unos míseros centímetros de ella, la cama King size quedaba a la derecha. En un carraspeó se desabrochó la americana y tomó asiento.

aa

—Desnúdate lentamente —advirtió sin alzar la voz—, quiero contabilizar tus lunares.

aa

En dichos instantes se reconocía más que nunca en la liebre del bodegón. Era una pobre presa ante el cazador y su arma, que cargada destacaba henchida y alargada en la silueta del masculino pantalón. La señorita A. se desabotonó del todo la blusa, mostrando la negrura de encaje del sujetador de diseño balconnet. Los senos grandes y lechosos bailoteaban suicidas en la tela que, más que sostener, desempeñaba una función estética. La blusa cayó al suelo y pocos segundos después fue seguida por la falda…

aa

—Continúa —exigió el Señor M. al ella quedarse quieta, observándola ataviada ya solo con el sujetador, el culotte, un liguero a juego y las medias. Ciñendo el deseo a las suelas de los zapatos, se removió en el asiento, encontrando la postura en la que su polla palpitante y aprisionada por la ropa no lo molestara en demasía. Apretó las mandíbulas, tarascando un gruñido entre las muelas.

aa

La señorita A. no quería desvestirse del todo, pretendía esconderse un poco más bajo la pobre capa de ropa… Desobedeciendo, elevó el pie derecho para desasirse del zapato ya que su pretensión era quitarse ambos y, luego, el liguero y las medias. Más tarde el sujetador y, por último, el culotte. Todo por ganar tiempo, por adquirir un poco más seguridad en sí misma…

aa

—He dicho desvestirte, no descalzarte —amonestó el Señor M. cuya lista de deudas por parte de la mujer iba in crescendo. De todas maneras, una vez desnuda le solicitaría que volviera a calzarse. En primer lugar, porque a él lo excitaba la visión de su cuerpo elevado a las alturas; en segundo, porque usaría los tacones como medio de tormento, y en tercero, y no por ello menos importante, porque nutría el fetichismo de la sumisa—. Ven aquí —ordenó, parco.

aa

—Sí, Señor —musitó la señorita A. recolocándose el zapato y encaminándose hacia él sin haberse acabado de desnudar. Con el corazón encabritado, los pechos danzando gelatinosos, la matriz horadada de excitación y el coño calado, arribó ante el Señor M.

aa

—Siéntate —mandó, abriendo los brazos e invitándola a tomar lugar en su regazo. La asió por una de las níveas y pequeñas manos de dedos largos y le acarició los nudillos, acomodándose al peso de ella sobre sí cuando esta acató la orden y se sentó en su regazo—. Sométete a mí —dijo, haciendo uso de un tono con cierto deje cariñoso, induciéndola a terminar de confiar, debido a que, si la señorita no se fiaba, no cedería y, por ende, sería imposible que se sometiera. Él era quien portaba el candil que iluminaba las sombras que pululaban en el cerebro de ella, tildadas de inseguridad. Con la otra mano le peinó el oscuro caudal de la cabellera.

aa

La señorita A. deglutió el montón de saliva que se le agolpó en la garganta y dolió por la tensión. Un fino hilo, invisible a los ojos pero tirante en el corazón, no le permitía liberarse, ceder… O sí, si lo sesgaba, lo deshilachaba hasta desaparecer. Viéndose reflejada en los acuosos espejos azulados del Dominante, se desató y él…, él lo supo.

aa

El Señor M. mudó la mano del cabello de ella a su cuello, prendiéndola por ahí, notando en la palma el vivo latir de la savia de la vida. Izó un tanto la cabeza, encaramando el semblante hasta el bonito de ella y unió su nariz con la de esta.

aa

—Sométete a mí —tarascó, presionando, apretando más, más, más… hasta que la señorita A. gimió a modo de consentimiento.

aa

Continuará…

aa

aa

 

Sobre el cuadro

aa

Título: El actual es Nature morte au lièvre (Naturaleza muerta «bodegón» con liebre). El título antiguo Nature morte: lièvre pendu, coq et perdrix. (Naturaleza muerta «bodegón»: liebre ahorcada, gallo y perdiz).

aa

Artista: La atribución más antigua fue para Jan Baptist Weenix. (Ámsterdam, 1621 – Haarzuilen, 1660).

aa

Posteriormente se le atribuyó la autoría a Dirk Valkenburg. (Ámsterdam, 1675 – Ámsterdam, 1721).

aa

Y ahora se sostiene que el autor es Jan Weenix. (Ámsterdam, 1640 – Ámsterdam, 19.9.1719).

aa

Fecha: Alrededor del 1670.

aa

Obra: Óleo sobre lienzo. Marco de roble de principios del siglo XIX, transformado. Ubicación: Museo de Arte e Historia, Ginebra. Número de inventario: 1834-0004

aa

aa

Texto corregido por Silvia Barbeito.

aa

aa

Categories: Relatos +18

Este espacio web se alimenta de tus comentarios... Ñam,ñam. No es necesario que rellenes el formulario ni inicies sesión puedes comentar de forma anónima. ¡Gracias!