Hilo y aguja por @_Andrea_Acosta_ {#SemanaDePelícula #ElÚltimoMohicano}

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8 de junio de 1757, cerca del Lago George, Nueva York

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La monótona banda sonora compuesta por el crepitar del hogar, el runrún inquieto de sus piernas agitándose bajo las mantas y, sobre todo, los pensamientos recurrentes estaban desquiciándola. Yvaine se sentó en la cama y mirando más allá del mar formado por el extenso colchón, hincó la mirada en la puerta cerrada. Por prudencia debería quedarse en el lecho, dormir y a la mañana siguiente afrontar un nuevo día con una visión descansada, carente o con menos nerviosismo, mas se levantó.

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Se echó sobre los hombros una manta parcheada y provocó el crujido de la puerta al abrirla.

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—Logan fue un buen hombre, se ocupó de mí y de los niños cuando llegaron. Jamás tuvo una mala palabra para conmigo o me levantó la mano. Vinimos aquí porque él pensaba que era lo mejor, lo mejor para mí y para los chicos, siempre nos anteponía, éramos su prioridad —dijo de corrido y con aquel fuerte acento escocés aderezando las palabras.

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Tioga, a pecho descubierto y con la camisa en la mano mientras hurgaba con la zurda en el interior de la cajita de costura ahora sobre la mesa, giró la cabeza hacia la mujer igual de descalza que él. 

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—Yo no he dicho lo contrario —aseveró en un encogimiento de hombros, como si tal cosa.

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—No, has dicho que su muerte me ha beneficiado —sostuvo Yvaine, inmóvil. La luz procedente del hogar jugueteaba con la musculada espalda de él y hacía relucir el largo de su negra cabellera.

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—La vida es una aventura en la que unos van y otros vienen —carraspeó Tioga, hallando la aguja adecuada y algo de hilo de una tonalidad amarillenta.  Ayudándose con un pie, movió la silla a su lado y tomó asiento, disponiéndose a coser el escandaloso roto—. La muerte de Logan te ha favorecido en varios aspectos y el que te niegues a admitirlo no va a hacerlo menos real.

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Yvaine separó los labios formando una perfecta O, parpadeó, incrédula, ante las palabras de este y sacudió la taheña cabeza.

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—Acabas de emitir tu opinión y negarte a escuchar otra no dota a la tuya de más verdad que a la mía —arremetió—. Así que no vuelvas pronunciarla. —Dos palabras le bailaron en la lengua, reticentes de ser pronunciadas—. Por favor.

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Tioga cortó el hilo de un par de dentelladas, deshilachándolo un tanto y renegando de las tijeras, aun habiendo en el costurero. Enhebró el hilo y anudó un extremo apretando las muelas. Cierto, su verdad no tenía por qué ser la de ella… Escamado al inicio por la exigencia de Yvaine, no tuvo más remedio que ablandarse al transformarse esta en un ruego.

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—Harás un destrozo, yo me encargo. —No se estaba ofreciendo a coser la camisa, sino que la estaba obligando. Yvaine se aproximó y, tendiendo la mano agitó los deditos reclamando la prenda al igual que haría con sus hijos. Para ser exactos, Cleagane apenas era tres años más joven que Tioga, por ello, hombres de cabo a rabo en todos los sentidos. La melancolía por la ausencia de los chicos la mantenía algo alicaída, todo y sabiendo que regresarían dos días más tarde—. Black as the Earl of Hell’s Waistcoat…[1] —murmulló echando una mirada a la ventana ante sí y al otro lado de la estancia.

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—Se me da bien coser —dijo Tioga en una mala defensa, tanta que, conforme pronunciaba la última palabra, depositaba en la mano de ella la camisa.

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—A mí se me da mejor —ratificó Yvaine, agarrando también la aguja que sostuvo en una de sus mangas traspasándola con ella. Desechó el maltrecho hilo y se cobró uno nuevo de la bobina, cortándolo con la tijera—. ¿Qué te ha pasado?

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—Me he resbalado en el lago —reconoció Tioga perdiendo la potencia del femenino rastro olfativo cuando Yvaine fue junto al hogar. Antes de que la noche se cerniera sobre la cabaña, él había llegado mojado cargando dos gordas lubinas y con la ropa ajada y ella…, ella no le había preguntado por qué hasta entonces. Amén a que lo del síndrome del nido vacío la tenía descolocada, Yvaine estaba distante, fría, con él, claro, solo con él.

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Yvaine enhebró la aguja, anudó y dio la primera puntada. El calor de la chimenea le hacía bien a su ser destemplado como la noche y la luz la iluminaba, facilitándole la hazaña de coser semejante destrozo.

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—¿Te has resbalado? —preguntó sin creerlo.

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—Al ir a hincarle el arpón a una de las lubinas he perdido pie, me he resbalado y me he caído de culo —contó Tioga sin atisbo de vergüenza, nada usual en él y, a grandes rasgos, en la mayoría de los hombres de su tribu, Mohicanos apodados a sí mismos como Las gentes de los ríos—. Si alguna vez vuelvo a dar mi opinión sobre el beneficio de la muerte de Logan puedes usar esta confesión como arma. —Los suyos se jactarían de él hasta que la madre Luna se ahogase en el  Muh-he-kun-ne-tuk[2].

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—¿Y te has hecho daño? —rio Yvaine imaginándolo con el culo en remojo. En apariencia, a Tioga no se le veían rasguños o hematomas.

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—En el orgullo —admitió Tioga, apoyando las palmas de las manos en los muslos. Se impulsó hacia arriba, levantándose de la silla que crujió en respuesta.

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Caminó al encuentro de la mujer, situándose ante ella, que todavía se reía. La observó, su piel blanca y ya a simple vista suave, espolvoreada en algunas zonas por un montón de pequitas bermejas, difería de la suya, oscura y adusta. La claridad en los femeninos ojos alumbraba la nocturnidad de los suyos, Yvaine le suponía el calor de una hoguera y la luz y protección de esta. Deglutió con el corazón retumbándole en el pecho como un tambor, repercutiéndole en las costillas al son de la femenina risa. Extendió la zurda y entre dos dedos tomó un largo y ondulado mechón.

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La risa feneció en sus cuerdas vocales y no porque la imagen de Tioga con el culo en ablución hubiese desaparecido de su mente, no. Yvaine irguió la cabeza y, por ende, la mirada, cuando sintió los dedos de este tocándole el pelo. Sumida antes en lo cómico de la confesión no reparó en la masculina cercanía. Viéndose reflejada en los expresivos orbes de Tioga, comprendió lo que por su parte había cambiado, lo que había promovido la incomodidad.

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—Según la luz algunos de los mechones parecen de color dorado como las espigas del maíz, otros centellean en tonos rojos, naranjas… —apreció él, acariciando las retorcidas hebras. Tioga intuía que años atrás la cabellera de ella había rugido en un rojo encendido que poco a poco había ido cambiando, transformándose. A sabiendas de que podría llevarse un bofetón, condujo a su mano al semblante de Yvaine y acarició lo alto de un pómulo con el grosor de la yema del dedo anular.

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Lo que había cambiado, promovido la incomodidad fue que ella dejó de verlo como a un chico para hacerlo como un hombre. No blanco, rojo o amarillo, británico, francés o indio, sino como un hombre que la miraba a ella como a una mujer. Oh, sí, Yvaine se había mentido, se había negado a admitirlo enterrándolo todo bajo una fingida capa de gruesa incomprensión.

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Tioga avanzó un nuevo paso, acortando distancias, y juraría que le resultaba mucho más sencillo dar caza a una liebre o a un escurridizo venado que tratar de llegar a Yvaine y, para muestra, un botón…

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—Supongo que te marcharás mañana antes de que salga el sol. Tendré tu camisa cosida —barboteó ella, que con un giro rápido y algo tambaleante le dio la espalda. El calor de la mano de Tioga permanecía en su moflete y la escalfaba de pies a cabeza. Entornó los ojos apretando los párpados y zanqueó hacia la mesa, apoyando la prenda—. Te la dejaré aquí encima.

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—Puedo marcharme ahora si es lo que quieres —exhaló Tioga con la persistente sensación de que Yvaine se le escurría entre los dedos como gotas de agua. Cerró la zurda en un puño y desvió la vista al fuego, las chispas, las llamaradas o las ascuas resultaban un panorama más conveniente para su corazón que el de ella alejada de sí.

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 —¿Sin camisa? —tartajeó Yvaine, soltando la prenda sobre la mesa y volviendo a recogerla—. ¿O con ella igual de rasgada? —continuó palabreando. El nerviosismo le temblequeaba en la voz, delatándola. Una guerra se daba en su interior y un tanto más cruenta que la que ocurría más allá de las cuatro paredes de madera que los rodeaban. No sangrienta, empero dolorosa, los bandos que la conformaban se dividían entre la cordura y el deseo.

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Tioga volvió la mirada hacia Yvaine y se empujó hacía ella deteniéndose detrás, de modo que su pecho quedaba a escasos milímetros de la espalda de ella. El olor de su cabellera le dilató las aletas de la nariz, erizándole la piel.

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—Olvida la camisa —dijo, tomando en la diestra la dichosa prenda y relegándola a la mesa, pero bien lejos, fuera del alcance de la pelirroja.

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Yvaine, cuya mano quedó vacía, contuvo el aliento que se le huracanó en los pulmones, dificultándole la respiración. Pestañeó rápida hidratándose los labios al pasarse la lengua por ellos—. No, no quiero que te marches —reconoció, entregándole ventaja al bando del deseo.

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—Me quedo pues —convino Tioga, extendiendo los brazos a los flancos de los de Yvaine para tomarle las manos. Jugueteó con sus dedos blancos y delgados enroscándolos con los suyos, acariciándole los pálidos nudillos.         

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—Quédate —asintió Yvaine, echándose hacia atrás para mecerse en el masculino cuerpo que derrochaba fuerza y vigor. La manta sobre sus hombros se le escurrió por la espalda y cayó a los pies desnudos de ambos.   

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Tioga adelantó la cabeza, adhiriendo la mejilla a la de ella a la vez que le estrechaba las manos, cobijándolas bajo las suyas. Amarla en silencio, en la lejanía, desearla hasta resultarle doloroso… No, ya no, la realidad acababa de dar un vuelco, un giro a su favor.

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Yvaine movió las manos al amparo de las de Tioga, acariciándolas, frotándolas, recreándose con su forma, con la sujeción, con su calor… Ladeó la testa obligando a que la mejilla de él se apartara de la suya para unir las puntas de sus respectivas narices.

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Él bien sabía que podría alimentarse del aliento de aquella mujer, vivir en los latidos del bombeante músculo en su pecho, embeberse de sus andares… Tioga exhaló, friccionando la nariz con la de Yvaine en un gesto que denotaba un cariño que no podía describirse con palabras.

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—Bésame —demandó Yvaine en un quedo suspiro, pues él no iría más allá si, como ahora, ella no se lo solicitaba, ¿por qué? Bueno, las mujeres en la tribu de Tioga gozaban de un estatus tan alto que en la mayoría de los casos les garantizaba el contraer matrimonio con el compañero que escogieran e, incluso, con más de uno y, por ende, una libertad sexual vedada para ella.

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Tioga acató el requerimiento, retiró la puntita de la nariz de la respingona y pecosa de esta y cayó sobre la boca de Yvaine, apropiándose de ella en un beso hambriento, sin florituras, nada de suavidad y dulzura… Era una conquista, no a sangre, sudor, pólvora y flechas, no entre blancos e indios o entre indios del bando inglés o del francés, no, era la toma, la conquista del amor por encima de todo.                 

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Yvaine venció los párpados sobre los ojos, usurpándoles la luz. No obstante, tras estos estalló un desfile de chiribitas luminosas, producto de lo que sentía. Disfrutando del contacto con la masculina boca que le brindó su sabor, recio, salobre y la humedad de la lengua, apretó los deditos en las manos de Tioga y las instó a posicionarse sobre sus senos cubiertos por el pesado camisón…  

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Ella le sabía a rocío, a arándanos azules o eso interpretaba Tioga. Su corazón, ablandado por los sentimientos y su cuerpo contradictoriamente duro, inhiesto en concreto entre los muslos, palpitó ante la turgencia oronda de los pechos de Yvaine. Los picudos pezones mordisqueaban la prenda que con vileza les vetaba el necesitado contacto de los dedos. Movió los pies, pisando la manta que antes había estado sobre los hombros de esta, sesgó el beso y la volteó, esta vez por los hombros, para que lo encarara. De manera casi instintiva, ella lo miró, alzando los párpados y él, maldita sea, Tioga fue directo a la abertura del camisón para liberarla del mismo y entonces…

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—No —prorrumpió Yvaine, sofocada. En sustitución a las manos de Tioga puso las suyas para asegurarse la prenda al pecho.

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En segundos, había pasado de estar de espaldas a este regocijándose en su boca de hecho los labios le brillaban de saliva y estaban algo inflamados por la pasión, y de ahí a recular para que no la dejara en cueros. ¿Dónde se había visto? El bueno de Logan jamás había contemplado su desnudez y por el amor de Dios que nadie más allá de su madre o la partera y claro, ella misma. 

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—Viniste a este mundo desnuda, sin ropa que te impidiera abrazarlo —dijo Tioga sin comprender la reticencia general de los blancos para con el cuerpo al natural, sin barreras textiles. Quizás, en una muestra demasiado osada de confianza, se abrió los pantalones y se los bajó. Se los quitó, primero por un pie y luego por el otro, para lanzarlos sobre la manta en el suelo—. Ahora yo te pido que me abraces del mismo modo, sin que nada se interponga entre ambos —añadió, desnudo, mirándola con los iris más renegridos a causa del deseo.

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Continuará…

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[1] (Gd) Noche cerrada…

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[2] Río bautizado a posteriori por los blancos como, Hudson.

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Texto corregido por Silvia Barbeito.

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Categories: Relatos +18

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